Godland (2022) — Hlynur Pálmason

Preambulo — Una película en el silencio

Hace un año, durante unas vacaciones, decidí ir a un lugar verdaderamente remoto. No era una cabaña pintoresca ni un retiro espiritual diseñado para turistas urbanos, sino un sitio donde, sencillamente, no había nada. Nada de televisión. Nada de internet. Nada de señal telefónica. El tipo de silencio que hoy se ha vuelto casi inconcebible: el silencio real.

Antes de salir, tomé mi reproductor portátil de discos (una pequeña reliquia tecnológica que todavía conservo) y reuní varias películas para ver por las noches. Pensé en ese momento que sería una buena oportunidad para ponerme al día con algunas que llevaba tiempo queriendo revisar con calma.

Pero al llegar descubrí algo inesperado.

Había olvidado prácticamente todos los discos.

Todos, salvo uno.

En el estuche había quedado únicamente Godland (2022), la película de Hlynur Pálmason.

Durante varios días no tuve otra cosa que ver. Y así, por pura circunstancia, terminé viéndola más de una vez. Pero lo importante no fue la repetición; fue el contexto. La película se desplegaba en medio de un entorno que, de algún modo, replicaba su propio mundo: aislamiento, naturaleza omnipresente, ausencia de distracciones modernas.

En esas condiciones, Godland dejó de ser simplemente una película que se mira. Se convirtió en una película que se piensa.

Entre caminatas largas, silencio y noches sin ruido eléctrico, empecé a percibir el film de otra manera. No tanto como una narración histórica sobre un sacerdote danés que viaja a Islandia para construir una iglesia, sino como una meditación sobre algo más profundo: la relación entre propósito y obstinación, entre misión y ceguera, entre fe y soberbia.

La historia de Lucas (el sacerdote fotógrafo que pretende documentar y evangelizar una tierra que no comprende) empezó a sentirse menos como una ficción distante y más como una parábola sobre la condición humana. Sobre nuestra tendencia a creer que sabemos a dónde vamos, incluso cuando caminamos hacia un territorio que nos supera.

Quizá ninguna otra película habría funcionado igual en ese contexto. Pero Godland, con su ritmo deliberado, su atención casi obsesiva al paisaje y su exploración del desgaste espiritual, parecía hecha precisamente para ese tipo de contemplación.

Y así, por accidente, una película que originalmente había planeado ver una sola vez terminó convirtiéndose en un ejercicio de observación prolongada: una especie de espejo silencioso donde se reflejan preguntas muy antiguas sobre la vida, el destino y el lugar que ocupamos dentro de un mundo que no siempre está dispuesto a obedecer nuestros planes.

Con ese estado de ánimo (más cercano a la contemplación que al consumo) vale la pena entrar ahora en la película misma.


Parte I — Contexto histórico y cultural

A primera vista, Godland podría parecer una historia sencilla: un sacerdote danés viaja a Islandia a finales del siglo XIX para construir una iglesia y documentar la región mediante fotografías. Sin embargo, bajo esa premisa aparentemente modesta se esconde un trasfondo histórico complejo que condiciona toda la narrativa.

Durante siglos, Islandia fue una posesión del reino danés. Aunque formalmente integrada en la corona desde finales de la Edad Media, su administración efectiva se intensificó durante el periodo moderno. Para el siglo XIX, la relación entre Dinamarca e Islandia seguía siendo la de una metrópoli y un territorio periférico: la autoridad política, religiosa y administrativa emanaba de Copenhague, mientras que la vida cotidiana islandesa seguía profundamente arraigada en tradiciones locales y en una relación casi brutal con la naturaleza.

En ese contexto, la misión de Lucas (el joven sacerdote danés) tiene un carácter que va más allá de lo meramente religioso. Su viaje representa una extensión simbólica del poder colonial. No llega simplemente a predicar; llega a ordenarnombrar y registrar un territorio que el centro imperial percibe como incompleto sin su mediación cultural.

La fotografía desempeña aquí un papel crucial. A finales del siglo XIX, la fotografía era todavía una tecnología relativamente reciente y cargada de autoridad. Documentar un paisaje mediante la cámara significaba, en cierto sentido, fijarlo dentro de un sistema de conocimiento europeo. En Godland, Lucas no solo quiere evangelizar Islandia: quiere capturarla, convertirla en imagen.

La inspiración de la película proviene, de hecho, de una serie de fotografías históricas del período de colonización cultural danesa en Islandia. Estas imágenes (retratos rígidos, paisajes inmóviles, composiciones cuidadosamente preparadas) reflejan una mirada que intenta domesticar visualmente un territorio salvaje.

Pero Pálmason, como cineasta islandés, introduce una tensión fundamental: la naturaleza islandesa parece resistirse constantemente a esa fijación. El clima cambia abruptamente, los ríos se desbordan, la tierra se vuelve inhóspita. El mundo que Lucas pretende registrar no coopera con su intento de convertirlo en documento.

Este choque entre visión imperial y realidad geográfica se convierte en el eje silencioso de la película.

También hay una dimensión religiosa importante. Aunque Islandia era oficialmente luterana desde la Reforma protestante (impulsada precisamente por la corona danesa en el siglo XVI), la religiosidad popular islandesa conservaba elementos culturales propios: supersticiones, relatos folklóricos y una espiritualidad profundamente ligada al paisaje.

En Godland, esta tensión se expresa no tanto en debates teológicos explícitos como en actitudes frente al mundo. Para Lucas, la naturaleza es un escenario que debe ser interpretado a través de la doctrina cristiana. Para los islandeses, en cambio, la naturaleza es una presencia directa, impredecible y, en cierto sentido, soberana.

Esta diferencia de percepción se manifiesta en pequeños detalles: la forma en que los personajes hablan del clima, la manera en que se mueven por el terreno o la relación casi intuitiva que tienen con los caballos y los ríos.

La película, por tanto, no retrata simplemente un viaje físico. Retrata un encuentro entre dos formas de habitar el mundo.

Lucas llega con un propósito claro: construir una iglesia y documentar la tierra. Pero desde el principio queda claro que Islandia no es un territorio que se deje convertir fácilmente en proyecto.

La naturaleza impone su propio ritmo.

Y, poco a poco, ese ritmo empieza a erosionar la convicción del protagonista.


Parte II — Lenguaje visual y cinematografía

Uno de los aspectos más distintivos de Godland es su lenguaje visual. La película no se limita a narrar la historia del sacerdote Lucas; construye una experiencia perceptiva cuidadosamente diseñada para que el espectador sienta la tensión entre el ser humano y el mundo que intenta dominar.

El primer elemento que llama la atención es el formato de imagen. Pálmason y la directora de fotografía Maria von Hausswolff optan por una relación de aspecto 1.33:1, casi cuadrada. En una época dominada por pantallas panorámicas, esta decisión produce un efecto inmediato de extrañamiento.

El encuadre estrecho tiene varias consecuencias estéticas y narrativas.

Por un lado, recuerda la proporción de las primeras fotografías de finales del siglo XIX. Esto conecta directamente con la obsesión del protagonista por documentar el territorio mediante placas fotográficas. Cada plano parece, en cierto sentido, una fotografía potencial. El espectador observa el mundo casi como si estuviera mirando a través de la cámara de Lucas.

Por otro lado, el formato cuadrado produce una sensación de encierro visual. Incluso cuando la película muestra paisajes enormes, la composición limita la expansión horizontal del espacio. Las montañas, los glaciares y las llanuras islandesas quedan comprimidos dentro de un marco que parece demasiado pequeño para contenerlos.

Esta tensión visual refleja perfectamente la situación del protagonista. Lucas intenta contener la realidad dentro de un sistema conceptual. Quiere traducir la experiencia del territorio en imágenes, mapas y doctrinas. Sin embargo, el paisaje constantemente desborda esas categorías.

La composición de los planos refuerza esta idea. Pálmason utiliza con frecuencia encuadres estáticos y frontales. Los personajes aparecen situados en el centro del cuadro, como si fueran sujetos de retrato. A veces la cámara permanece completamente inmóvil durante varios segundos, obligando al espectador a contemplar la escena con paciencia.

Este ritmo visual lento no es accidental. Obliga a prestar atención a los detalles del entorno: el movimiento del viento sobre la hierba, el paso de las nubes, la textura de la roca volcánica. La naturaleza no es simplemente un fondo. Se convierte en un protagonista silencioso.

El contraste entre espacios también es fundamental. Las pocas escenas que muestran interiores daneses o espacios construidos presentan composiciones más ordenadas y previsibles. Las líneas arquitectónicas son rectas, las habitaciones están cerradas y el ambiente parece controlado.

En Islandia ocurre lo contrario. El paisaje domina el encuadre y los personajes parecen pequeños dentro de él. A menudo aparecen en la parte inferior del plano, rodeados por enormes extensiones de tierra, cielo y agua. Esta disposición visual subraya la fragilidad del proyecto humano frente a un entorno que no reconoce jerarquías culturales.

Uno de los recursos más llamativos del film es el uso ocasional de secuencias en time-lapse. En estos momentos, el paso del tiempo se acelera de manera visible. Las nubes atraviesan el cielo con rapidez, la luz cambia de forma dramática y el paisaje parece transformarse ante nuestros ojos.

Estas secuencias funcionan casi como recordatorios cósmicos. Mientras Lucas se obsesiona con su misión personal, la naturaleza sigue un ritmo completamente distinto. El tiempo geológico, climático y atmosférico continúa indiferente a las preocupaciones humanas.

El resultado es una sensación de escala temporal mucho mayor que la vida de cualquier individuo.

La fotografía también utiliza una paleta cromática muy contenida. Dominan los tonos fríos, grises y terrosos. La luz natural del norte, difusa y cambiante, refuerza la impresión de un mundo donde el control humano es mínimo.

En muchas escenas, la iluminación parece provenir exclusivamente del entorno. No hay un intento evidente de embellecer el paisaje. Al contrario, la cámara registra el terreno con una franqueza casi documental.

Todo esto contribuye a un tipo de experiencia cinematográfica muy particular. Godland no busca producir un impacto inmediato ni una espectacularidad visual convencional. Su objetivo es más lento y más profundo. Quiere que el espectador sienta el peso del tiempo, la dureza del territorio y la incomodidad de habitar un mundo que no se ajusta fácilmente a nuestras intenciones.

De esta manera, la forma visual de la película se convierte en una extensión directa de sus temas centrales.

El paisaje no es simplemente observado.

Responde.


Parte III — Estudio de personajes e interpretación

En el centro de Godland se encuentra Lucas, el joven sacerdote danés interpretado por Elliott Crosset Hove. Su actuación constituye uno de los pilares más importantes de la película, no porque sea particularmente expresiva en términos dramáticos, sino precisamente por lo contrario. Lucas es un personaje contenido, rígido, casi opaco. Su interioridad se manifiesta menos en palabras que en gestos mínimos y en silencios prolongados.

Al comienzo de la película, Lucas aparece como una figura convencida de su misión. Ha sido enviado a Islandia con un propósito claro: construir una iglesia y documentar la región mediante fotografías. Su convicción religiosa se mezcla con una confianza casi científica en la capacidad de registrar el mundo. Cree que su cámara puede capturar la verdad del paisaje, así como su fe puede ordenar espiritualmente a la comunidad.

Sin embargo, esta seguridad inicial tiene algo de fragilidad. Lucas no es un hombre fuerte en términos físicos ni sociales. Su cuerpo parece poco adaptado al entorno que está a punto de enfrentar. La manera en que camina, cómo manipula su equipo fotográfico o cómo interactúa con los islandeses revela desde el principio una cierta torpeza.

Esta fragilidad se vuelve cada vez más visible conforme avanza el viaje.

El contraste más importante de la película se establece entre Lucas y Ragnar, el guía islandés interpretado por Ingvar Sigurðsson. Ragnar encarna casi el polo opuesto del sacerdote. Es un hombre robusto, lacónico y profundamente familiarizado con el terreno. Su relación con la naturaleza no pasa por la mediación de doctrinas ni de tecnologías. Conoce el paisaje porque lo ha vivido.

La tensión entre ambos personajes no se expresa principalmente mediante enfrentamientos abiertos. Durante buena parte de la película, el conflicto permanece latente, manifestándose en miradas, silencios y pequeños gestos de desconfianza.

Ragnar percibe la vulnerabilidad de Lucas desde el principio. Pero también percibe algo más: una mezcla de arrogancia y obstinación que el sacerdote no parece reconocer en sí mismo. Lucas cree que su misión le otorga autoridad moral. Ragnar, en cambio, observa cómo esa misión se convierte gradualmente en una forma de ceguera.

El problema fundamental entre ambos no es simplemente cultural o lingüístico. Es epistemológico. Cada uno representa una manera distinta de comprender el mundo.

Para Lucas, la realidad debe interpretarse a través de marcos abstractos: religión, ciencia, fotografía. Para Ragnar, la realidad se experimenta directamente a través del cuerpo y la práctica cotidiana.

Esta diferencia se amplifica debido a la barrera del idioma. Lucas no habla islandés, y los islandeses apenas hablan danés. Como resultado, muchas conversaciones ocurren en un terreno de incomprensión parcial. Los personajes se comunican mediante frases simples, traducciones incompletas o gestos.

Lejos de ser un simple recurso narrativo, esta dificultad lingüística refuerza el aislamiento del protagonista. Lucas se encuentra en un mundo donde no puede expresar plenamente sus pensamientos ni comprender del todo a quienes lo rodean. Su autoridad como sacerdote se debilita cuando su propia voz pierde eficacia.

Los personajes secundarios también desempeñan un papel importante en esta dinámica cultural. La familia islandesa que finalmente acoge a Lucas representa una forma de hospitalidad ambigua. Por un lado, ofrecen ayuda y refugio. Por otro, mantienen una distancia emocional que revela su cautela frente al extranjero.

Anna, la hija del granjero, introduce además una dimensión afectiva que complica la posición del sacerdote. La atracción implícita entre ambos pone en evidencia las tensiones internas de Lucas. Su vocación religiosa comienza a chocar con impulsos humanos más inmediatos.

Este conflicto no se presenta de manera melodramática. Pálmason evita las confrontaciones explícitas o los discursos morales. En cambio, permite que las contradicciones del personaje emerjan lentamente a través de sus acciones.

Lucas se vuelve cada vez más obsesivo con su proyecto fotográfico. La cámara, que inicialmente parecía una herramienta de observación, empieza a funcionar como un refugio psicológico. Fotografiar el mundo le permite mantener una cierta distancia frente a la experiencia directa.

Pero esa distancia tiene un precio.

A medida que el paisaje islandés continúa imponiendo su presencia, el control que Lucas cree ejercer sobre su misión comienza a desmoronarse. La relación con Ragnar se vuelve más tensa. Su autoridad espiritual pierde peso. Y su identidad como sacerdote empieza a fragmentarse.

La actuación de Crosset Hove transmite este proceso de desgaste con notable precisión. La transformación del personaje no ocurre mediante grandes estallidos emocionales, sino mediante una acumulación de pequeños signos: cansancio, irritación, momentos de desconcierto.

El resultado es un retrato profundamente humano de un individuo que descubre, demasiado tarde, los límites de su propia convicción.


Parte IV — Análisis temático

Si el viaje físico de Lucas constituye la estructura narrativa de Godland, los temas que emergen a lo largo de ese recorrido revelan la verdadera ambición de la película.

El conflicto central puede describirse como una confrontación entre fe y naturaleza. Pero esta oposición no debe entenderse en términos simplistas. Pálmason no sugiere que la fe religiosa sea necesariamente falsa ni que la naturaleza represente una especie de verdad superior. Lo que la película examina es la tensión entre la voluntad humana de imponer significado y la resistencia del mundo a aceptar ese significado.

Lucas llega a Islandia con la convicción de que su misión es necesaria. Construir una iglesia, predicar la palabra de Dios y documentar la tierra mediante fotografías forman parte de un mismo proyecto civilizatorio. Desde su perspectiva, estos actos representan progreso espiritual y cultural.

Sin embargo, la naturaleza islandesa aparece constantemente como una fuerza que relativiza ese proyecto.

Los ríos que deben cruzarse, las tormentas que interrumpen el viaje, el terreno volcánico que dificulta el desplazamiento. Todos estos elementos recuerdan que el paisaje no es un espacio pasivo donde los seres humanos pueden desplegar sus planes sin resistencia.

Esta dimensión se vuelve aún más interesante cuando se introduce el tema de la fotografía.

Fotografiar implica, en cierto sentido, capturar el mundo dentro de un marco. El fotógrafo decide qué parte de la realidad será visible y cómo será presentada. En el contexto colonial del siglo XIX, la fotografía desempeñó a menudo un papel importante en la construcción de imaginarios sobre territorios lejanos.

En Godland, la cámara de Lucas simboliza precisamente ese deseo de captura.

Quiere fijar el paisaje islandés en imágenes permanentes. Quiere convertirlo en objeto de contemplación y conocimiento. Pero cada vez que intenta hacerlo, la realidad introduce algún tipo de obstáculo. El clima cambia, el equipo se vuelve difícil de transportar o las condiciones del entorno frustran el proceso.

De esta manera, la película sugiere que la experiencia del mundo no puede reducirse completamente a su representación.

Otro tema recurrente es el orgullo espiritual, o lo que podría llamarse la soberbia de la misión. Lucas cree que ha sido enviado con un propósito superior. Esta convicción le otorga una sensación de legitimidad moral que, en ciertos momentos, roza la arrogancia.

Pero a medida que la historia avanza, esa certeza comienza a erosionarse.

La naturaleza no responde a sus expectativas. Los islandeses no lo reconocen automáticamente como una figura de autoridad. Y sus propias emociones empiezan a contradecir el ideal ascético que debería encarnar.

El film muestra cómo una misión que inicialmente parecía noble puede transformarse gradualmente en una forma de obstinación.

Finalmente aparece el tema del deterioro y la transformación.

Desde el comienzo, el paisaje islandés se presenta como un entorno marcado por procesos de cambio constantes. El viento modifica la superficie del terreno, el agua esculpe los ríos, las nubes transforman la luz. Nada permanece exactamente igual.

Este dinamismo natural encuentra un eco en la evolución del protagonista.

Lucas llega como un hombre convencido de su lugar en el mundo. Pero el contacto prolongado con el territorio, con las personas que lo habitan y con sus propias limitaciones produce una transformación profunda. La película no presenta esta transformación como una revelación espiritual clara. Más bien aparece como un proceso ambiguo, lleno de pérdidas y contradicciones.

La fe, el orgullo, el deseo de comprender el mundo. Todo esto se somete a prueba.

Y el resultado no es necesariamente una respuesta.

Es una exposición de la fragilidad humana frente a un universo que rara vez confirma nuestras certezas.


Parte V — La visión artística de Pálmason

Para comprender plenamente Godland, también es útil situarla dentro de la trayectoria de su director, Hlynur Pálmason.

Aunque todavía relativamente joven dentro del panorama del cine europeo, Pálmason ha desarrollado rápidamente una identidad artística muy reconocible. Sus películas tienden a explorar la relación entre los seres humanos y los entornos naturales que habitan, utilizando ritmos narrativos pausados y una fuerte atención a la textura del paisaje.

Antes de Godland, dos de sus trabajos más importantes fueron Winter Brothers (2017) y A White, White Day (2019).

En Winter Brothers, la acción transcurre en una cantera calcárea donde dos hermanos trabajan en condiciones duras y aisladas. La película examina la tensión entre fraternidad, alienación y obsesión dentro de un entorno industrial casi surreal. El paisaje no es simplemente un escenario. Es una presencia física que moldea el comportamiento de los personajes.

A White, White Day profundiza en una dinámica similar, pero en un registro más íntimo. La historia sigue a un jefe de policía islandés que investiga la posible infidelidad de su esposa fallecida. A medida que la obsesión del protagonista crece, el paisaje nevado de Islandia se convierte en un reflejo visual de su estado psicológico.

En ambas películas aparece ya una preocupación central del cine de Pálmason. La idea de que los entornos naturales no son neutrales. Influyen activamente en las emociones, en los conflictos y en las decisiones de los personajes.

Godland amplía esta exploración hacia una dimensión histórica y cultural más explícita.

Aquí la naturaleza no solo afecta a individuos aislados. Interactúa con estructuras de poder, misiones religiosas y procesos coloniales. El resultado es una obra que combina el estudio psicológico con una reflexión sobre la historia de Islandia y su relación con Dinamarca.

Otro rasgo distintivo del cine de Pálmason es su uso de los elementos naturales como dispositivos narrativos.

El agua, por ejemplo, aparece repetidamente en Godland. Ríos que deben cruzarse, lluvias persistentes, superficies húmedas que dificultan el desplazamiento. El agua funciona como símbolo de tránsito, pero también como obstáculo.

La tierra volcánica, por su parte, introduce una sensación de inestabilidad geológica. El suelo mismo parece recordar que el paisaje islandés es producto de fuerzas profundas y antiguas.

Incluso el viento desempeña un papel narrativo. A menudo se escucha antes de que ocurra algo significativo, como si el entorno estuviera reaccionando a la presencia humana.

La recepción de Godland en el circuito internacional confirmó la singularidad de esta propuesta. La película fue presentada en el Festival de Cannes dentro de la sección Un Certain Regard, donde recibió una atención crítica considerable. Muchos críticos destacaron la ambición visual del proyecto y su capacidad para combinar historia, paisaje y estudio psicológico.

Dentro del panorama del cine nórdico contemporáneo, Pálmason ocupa un lugar interesante. A diferencia de directores más orientados hacia el thriller o el drama social, su trabajo se aproxima más a una tradición contemplativa que recuerda a cineastas como Andrei Tarkovski o Béla Tarr, aunque con una sensibilidad claramente islandesa.

Sus películas no buscan simplemente contar historias.

Buscan observar cómo el tiempo, el paisaje y las decisiones humanas interactúan.

En Godland, esta ambición alcanza una de sus formas más completas. La historia de Lucas puede leerse como una narración histórica, como un estudio psicológico o como una meditación sobre la relación entre humanidad y naturaleza.

Pero quizás su logro más profundo sea otro.

La película nos recuerda que el mundo no siempre se ajusta a nuestras misiones, nuestras imágenes o nuestras creencias.

A veces, simplemente sigue su propio camino.


Coda — Regresar a Godland

No sabría decir cuántas veces vi Godland durante aquellas vacaciones. El paso del tiempo en un lugar así es extraño. Los días se vuelven menos distinguibles entre sí, y las rutinas pequeñas terminan marcando el ritmo de todo. Recuerdo que volví a poner la película más de una vez, quizá varias, quizá muchas. En ese entorno silencioso parecía siempre distinta, como si el propio paisaje que me rodeaba cambiara ligeramente la forma en que la percibía.

Lo que sí sé con certeza es que no terminó allí.

Desde entonces he regresado a Godland en varias ocasiones. Cada nueva revisión confirma algo que solo poseen ciertas películas: la sensación de que aún no se han agotado. En cada visionado aparece algún detalle que antes había pasado desapercibido. Un gesto, una mirada, una relación distinta entre el paisaje y los personajes. Incluso el ritmo de ciertas escenas parece transformarse con el tiempo.

Por eso empiezo a pensar que Godland ya pertenece a esa categoría rara de obras que se convierten en clásicos recientes. No porque busquen impresionar de inmediato, sino porque se revelan lentamente.

Y porque, cada vez que uno vuelve a ellas, el mundo que contienen parece haberse ampliado un poco más.

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