Category: Religion

  • De la nada a alguien

    La existencia, la vida, el orden y la cuestión de un Creador que escucha

    Introducción

    Estamos aquí. Hay estrellas, océanos, células vivas y mentes capaces de preguntarse por qué existen todas ellas. Esto es algo difícil de rebatir. Lo que se deduce de ello es bastante menos obvio de establecer. ¿Requiere la existencia un creador? ¿Podría surgir la vida de la química? ¿Pueden los procesos sin previsión producir organismos cuyo intrincado funcionamiento se asemeje a una ingeniería deliberada? Estas preguntas merecen una atención paciente, porque las respuestas afectan tanto al alcance del conocimiento humano como a los límites de nuestras expectativas.

    Varias afirmaciones conocidas resumen esta indagación en fórmulas provocativas: la nada lo creó todo, lo inerte produjo vida, el azar generó precisión y el caos creó orden. Junto a ellas hay otras dos proposiciones: hay un Creador, y este Creador escucha nuestras peticiones. Su disposición puede sugerir una elección entre historias igualmente extraordinarias. Sin embargo, su similitud gramatical oculta diferencias importantes. Algunas describen procesos que se pueden investigar experimentalmente. Otras proponen explicaciones definitivas. Una atribuye una relación personal a lo que sea que subyace al universo.

    Antes de comparar estas afirmaciones, tenemos que preguntarnos qué significa realmente cada una. Una región vacía del espacio no es la nada absoluta. Una mezcla química no es una ausencia de recursos materiales. La variación aleatoria no es lo mismo que un proceso evolutivo que también incluye la herencia y la selección. El caos matemático no es simplemente desorden. Una causa de la existencia, si es que hay alguna, no tiene por qué tener intenciones. Y un creador intencional no sería automáticamente un ser que acepta peticiones o cambia los acontecimientos en respuesta a ellas.

    También hay que distinguir entre incertidumbre y equivalencia. Dos proposiciones no adquieren la misma credibilidad solo porque ninguna de las dos se haya demostrado de forma concluyente. Importan su coherencia, las pruebas que las respaldan, su utilidad explicativa y su susceptibilidad a ser corregidas. Por el contrario, una propuesta científica no se convierte en un relato histórico demostrado simplemente porque sea comprobable. La confianza racional debería reflejar lo que realmente se ha demostrado, dejando espacio tanto para el conocimiento sólido como para las preguntas sin resolver. La misma disciplina se aplica a los argumentos filosóficos, cuyas conclusiones siguen dependiendo de sus premisas.

    Abstenerse de creer también es diferente a afirmar la inexistencia. Alguien que considere que un creador propuesto no está demostrado no tiene por qué afirmar que ha refutado todos los creadores posibles. Tampoco tiene que explicar todo el universo antes de rechazar una explicación sugerida. Las preguntas pueden ser legítimas sin que todas las respuestas disponibles estén justificadas. De lo contrario, las lagunas más profundas en el conocimiento se convertirían en invitaciones obligatorias a aceptar cualquier relato que suene más convincente. Una pregunta sin respuesta abre una oportunidad para investigar, no determina cuál es la explicación ganadora entre las que compiten.

    Nuestra tarea, pues, es separar la existencia de un enigma de los méritos de las soluciones propuestas. Analizaremos cómo la materia, la vida, la complejidad funcional y el orden físico se relacionan con las explicaciones que se ofrecen para ellos. A continuación, analizaremos qué explicaría un Creador y qué razonamiento adicional se necesitaría para vincular a ese ser con la oración. Durante todo este proceso, el asombro puede permanecer intacto. Entender un proceso no tiene por qué convertirlo en algo corriente, y reconocer la ignorancia no tiene por qué convertirlo en un acontecimiento sobrenatural. El objetivo es la proporción: dejar que las pruebas digan lo que puedan, que los argumentos revelen sus supuestos y dejar abiertas las preguntas que realmente lo sean.

     

    La nada lo creó todo

    La frase «la nada lo creó todo» le da a la nada un papel extrañamente activo. Hace que la ausencia parezca un agente capaz de producir un universo. Si la tomas al pie de la letra, la afirmación se contradice a sí misma: la nada absoluta no contendría ningún agente, material, ley, potencial ni proceso. Pero esta proposición literal no es lo que afirma la cosmología establecida. Rechazar a un creador divino no te obliga a imaginar una nada productiva. Puede significar que la explicación última de la existencia sigue siendo desconocida, o que la propia pregunta necesita una formulación más cuidadosa.

    El modelo del Big Bang describe la expansión y el enfriamiento del universo observable a partir de un estado anterior caliente y denso. Su éxito se basa en observaciones convergentes, como la expansión cósmica, las abundancias de elementos primordiales y el fondo cósmico de microondas. Por sí solo, no describe una transición, demostrada experimentalmente, de la no existencia absoluta a la existencia. Extender las ecuaciones clásicas hacia atrás, hasta una singularidad, revela dónde esa descripción se vuelve insuficiente. Un límite matemático en un modelo no es automáticamente un evento físico en el que la nada se convirtiera en todo.

    El teorema de Borde-Guth-Vilenkin también requiere precisión. Según sus supuestos sobre la expansión media, ciertas trayectorias en el espacio-tiempo dirigidas hacia el pasado no pueden extenderse indefinidamente. Esto establece una incompletitud del pasado, no la existencia de un creador ni un comienzo absoluto a partir de la nada. Los autores concluyen que la inflación por sí sola no puede describir el límite pasado relevante. Lo que hay más allá de esa descripción requiere más física. Un teorema sobre los límites de un modelo de espacio-tiempo no puede convertirse sin más en un teorema sobre el origen de toda la realidad.

    Las propuestas cuánticas requieren una moderación similar. Un vacío cuántico tiene estructura física; no es la nada filosófica. Los modelos descritos como una creación de la nada pueden usar «nada» en un sentido específico, como la ausencia de espacio-tiempo clásico, al tiempo que mantienen un marco matemático. Por lo tanto, no responden directamente a por qué existe algo. Sin embargo, su dependencia de un marco no desacredita su posible explicación del desarrollo cósmico. Una explicación puede aclarar una pregunta mientras deja otra sin respuesta. El progreso científico suele avanzar precisamente a través de este tipo de explicaciones parciales.

    La creación teológica de la nada también merece una descripción precisa. En su formulación clásica, la nada no es ni la causa material ni la causa eficiente de la creación. Dios crea sin material preexistente. Por lo tanto, la doctrina no contradice simplemente la afirmación de que la nada, actuando por sí sola, no produce nada. Su dificultad radica en otra parte: ¿qué justifica creer en este agente y cómo explica la existencia la relación causal propuesta? Declarar que esa relación es trascendente no la refuta, pero tampoco aporta pruebas independientes a su favor.

    Por último, la intuición de que la nada habría sido más sencilla no demuestra que la nada fuera posible, probable o la opción natural por defecto. No disponemos de una distribución de probabilidad consensuada sobre las realidades posibles a partir de la cual calcular la sorpresa. La pregunta «¿Por qué hay algo?» sigue siendo poderosa sin esos supuestos. Podemos investigar la historia del universo al tiempo que admitimos que su existencia última carece de una explicación aceptada. Esa admisión no nos compromete ni con una nada mágica ni con un creador demostrado. Identifica la frontera entre una historia cósmica bien fundamentada y una cuestión filosófica más profunda que aún espera una respuesta.

     

    La no-vida dio lugar a la vida

    La vida consiste en materia organizada en sistemas que se mantienen a sí mismos, intercambian energía y se reproducen con variación hereditaria. Su aparición plantea un problema histórico. La abiogénesis se refiere a la transición de la química inerte a esos sistemas; no afirma que una bacteria moderna se formara de repente a partir de un caldo indiferenciado. Tampoco afirma que la vida apareciera sin causas. Lo que se pregunta es si los procesos químicos comunes, en condiciones adecuadas, podrían haber ido desarrollando progresivamente las capacidades que luego se integraron en los organismos vivos.

    Esta pregunta es abordable desde el punto de vista científico porque sus componentes se pueden investigar. Los investigadores estudian la producción de moléculas orgánicas, la formación de membranas, las fuentes de energía química, las reacciones catalíticas y la réplica de plantillas moleculares. Los éxitos en el laboratorio establecen posibilidades concretas en condiciones concretas. No determinan automáticamente lo que ocurrió en la Tierra primitiva. El reto consiste en conectar etapas plausibles en una vía cuyos requisitos ambientales encajen entre sí, teniendo en cuenta la dilución, la degradación, las reacciones competidoras y el suministro de materiales útiles.

    El ARN llama la atención porque puede tanto transportar información de secuencia como catalizar reacciones. Esa combinación ofrece una posible vía para sortear la dependencia de la replicación moderna del ADN respecto a las proteínas. La investigación ha logrado avances en la química y la replicación del ARN, incluidos sistemas que utilizan ARN catalítico desarrollado en laboratorio. Estos resultados demuestran capacidades relevantes para la investigación sobre el origen. Sin embargo, aún no reconstruyen una transición históricamente establecida desde la geoquímica simple hasta las células en evolución. El diseño experimental y los ingredientes preparados deben quedar claros a la hora de evaluar lo que demuestra un experimento.

    La información biológica complica el problema, pero hay que tener cuidado con la palabra «información». En biología molecular se refiere a secuencias materializadas físicamente y a sus efectos dentro de sistemas químicos. Su presencia no identifica a un autor como lo hace una carta escrita a propósito. Las moléculas se unen, catalizan, persisten y se reproducen por sus propiedades y su entorno. La pregunta es cómo esas interacciones generaron una herencia y una función cada vez más fiables. Llamar «información» al resultado aclara algunas relaciones; pero no determina por sí solo qué explicación causal las produjo.

    La selección requiere diferencias hereditarias que afecten a la persistencia o la reproducción, pero no tiene por qué esperar a que se desarrolle por completo una célula moderna. Los replicadores primitivos o los compartimentos reproductores podrían sufrir formas limitadas de selección si se cumplieran esas condiciones. Antes de que existiera una herencia fiable, las afinidades químicas, las redes de reacciones, las superficies y los ciclos ambientales seguirían limitando los resultados. Las alternativas son, por tanto, más variadas que la evolución darwiniana completa o el ensamblaje aleatorio sin restricciones. Investigar esas posibilidades intermedias es una parte fundamental del problema, en lugar de una forma de eludirlo.

    Lo que sigue sin resolverse es sustancial: qué entornos fueron importantes, cómo la copia llegó a ser lo suficientemente fiable, cómo se acoplaron el metabolismo y los compartimentos, y cómo surgieron los primeros sistemas evolutivos. Estas lagunas justifican que se siga investigando y que se mantenga una confianza mesurada, no afirmaciones de que ya se ha demostrado todo. Tampoco aportan ninguna prueba de que la química tenga que fallar. La experiencia consciente plantea más preguntas, pero equiparar toda la vida con la experiencia introduce una cuestión aparte en el origen de las células. La abiogénesis se puede evaluar en función de las capacidades químicas y biológicas que realmente pretende explicar, sin necesidad de dar respuesta a cada desarrollo posterior en la historia de la materia viva.

     

    El azar condujo a la precisión

    «El azar condujo a la precisión» suena a contradicción cuando nos imaginamos a un artesano logrando resultados exactos mediante un control deliberado. Sin embargo, la precisión es una propiedad del resultado, mientras que el azar describe aspectos de un proceso. No son opuestos lógicos. Pueden darse sucesos aleatorios dentro de sistemas con restricciones, y el filtrado repetido puede dar resultados fiables. La pregunta relevante es, por tanto, cómo interactúan la variación, las restricciones y la retención, más que si algo llamado «azar» tiene la capacidad de crear la perfección por sí solo.

    La evolución ofrece el ejemplo más claro. Las mutaciones surgen sin anticipar, por lo general, lo que un organismo va a necesitar. Sin embargo, la selección hace que sus trayectorias posteriores sean desiguales: las variantes que se reproducen con más éxito tienden a aportar más descendientes. La recombinación, la deriva genética, las restricciones del desarrollo y los entornos cambiantes también dan forma a los resultados. Este proceso no tiene un destino predeterminado, pero puede acumular adaptaciones. Su eficacia depende de las oportunidades locales y de los puntos de partida heredados. No hace falta que pruebe todos los organismos posibles antes de producir uno capaz de funcionar en su entorno.

    Los cálculos de probabilidades de proteínas pequeñas suelen ocultar un problema distinto al que afronta la evolución. Pueden preguntarse qué probabilidad habría de que una secuencia moderna específica surgiera a partir de elecciones independientes e igualmente probables en cada posición. Esa es una cuestión matemática bajo esos supuestos. No es automáticamente la probabilidad de que cualquier función útil pueda surgir a través de una producción con sesgo químico, múltiples secuencias aceptables, duplicación, modificación y selección. Un resultado numérico no puede establecer la imposibilidad a menos que su modelo de muestreo y su objetivo se correspondan realmente con el proceso natural propuesto.

    Las secuencias funcionales pueden tolerar sustituciones, compartir actividades parciales y adquirir nuevas funciones a través de cambios en las estructuras existentes. Los experimentos también han recuperado funciones de unión a partir de bibliotecas de secuencias proteicas inicialmente aleatorias. Este tipo de trabajo no demuestra el origen de la vida, y la unión por sí sola no equivale a una enzima completa ni a un organismo. Lo que sí muestra es por qué una cifra universal sobre la rareza de las proteínas funcionales resulta engañosa. La rareza depende de la función que se busque, de las secuencias muestreadas, de las condiciones probadas y del rendimiento mínimo que se considere un éxito.

    La investigación sobre el origen sigue enfrentándose al problema de establecer los primeros sistemas capaces de una evolución acumulativa sostenida. No podemos resolverlo simplemente invocando la selección sin especificar qué es lo que se reproduce y cómo persisten sus diferencias. Pero tampoco podemos sustituir esa investigación por la probabilidad de ensamblar una célula actual en un solo paso. Del mismo modo, el equilibrio puntuado se refiere a los patrones y ritmos del cambio evolutivo; no establece que los nuevos planes corporales requieran previsión. Los intervalos cortos en los registros geológicos pueden abarcar muchas generaciones y cambios ecológicos.

    Incluso la aparente precisión de los organismos requiere perspectiva. Los sistemas vivos contienen redundancia, tolerancias, mecanismos de reparación, compromisos y vestigios históricos. Su éxito suele depender de la robustez más que de la conformidad exacta con un plano. El ajuste fino físico plantea una cuestión aparte, porque las probabilidades sobre las posibles constantes requieren supuestos que aún no sabemos cómo establecer con seguridad. En todos estos temas, el asombro es una invitación a identificar mecanismos y comparar explicaciones. Solo se convierte en evidencia de diseño cuando el diseñador propuesto aporta una explicación defendible que aclara mejor las observaciones que las alternativas relevantes.

     

    El caos creó el orden

    La palabra «caos» tiene dos significados que deben mantenerse separados. En el lenguaje cotidiano sugiere desorden o confusión. En matemáticas describe un comportamiento determinista con una gran sensibilidad a las condiciones iniciales. Un sistema caótico sigue unas reglas incluso cuando pequeñas incertidumbres hacen que las predicciones detalladas a largo plazo sean impracticables. Por lo tanto, demostrar que hay orden en un sistema así no significa que la estructura surja de la ausencia de restricciones físicas. Muestra cómo las interacciones regidas por leyes pueden producir patrones cuya evolución detallada supera nuestra capacidad para predecirlos.

    El orden también tiene varios significados. Un cristal muestra una estructura repetitiva; un huracán mantiene un movimiento organizado; un organismo sustenta una red compleja de funciones. Estos fenómenos requieren explicaciones diferentes. Ninguno queda excluido simplemente porque se cumpla la segunda ley de la termodinámica. En un sistema aislado, la entropía total no disminuye. Un subsistema que intercambia energía y materia con su entorno puede reducir su entropía mientras produce un mayor aumento en otra parte. Por lo tanto, la organización local requiere una explicación termodinámica adecuada, en lugar de una exención de la termodinámica.

    Un fluido calentado ilustra este punto. En condiciones adecuadas, una diferencia de temperatura produce una convección organizada. La circulación resultante transfiere calor al tiempo que disipa energía. El trabajo de Prigogine sobre sistemas lejos del equilibrio ayudó a establecer cómo los flujos sostenidos pueden sustentar estructuras organizadas. Estas estructuras no invierten la segunda ley a nivel local, como si infringieran una regla temporalmente. Su formación es compatible con la ley una vez que se incluyen los intercambios y la producción de entropía. No se necesita ni intención ni anticipación para que surja el patrón.

    Los sistemas vivos también persisten gracias a los flujos de energía y a los intercambios químicos. Muchos dependen, directa o indirectamente, de la luz solar; otros aprovechan fuentes de energía química. Los organismos mantienen su organización interna mientras liberan calor y residuos a su entorno. Esto explica por qué el orden biológico no es una imposibilidad termodinámica. No explica todas las características moleculares de un organismo, del mismo modo que la disponibilidad de combustible no explica todas las características de un motor. El suministro de energía es necesario para muchos procesos, pero no explica por completo su organización.

    La diferencia entre un patrón de convección y una célula viva sigue siendo importante desde el punto de vista científico. La regularidad por sí sola no garantiza una herencia fiable, un metabolismo coordinado ni una función adaptativa. Por eso, los investigadores estudian cómo la autoorganización podría interactuar con la formación de compartimentos, la catálisis y la selección. No hay ninguna regla general demostrada que diga que un gradiente de energía produzca inevitablemente vida. Del mismo modo, no hay ningún principio establecido que impida que la complejidad funcional surja a través de procesos físicos que interactúan entre sí. La pregunta adecuada se refiere a las capacidades y limitaciones de mecanismos concretos en condiciones identificables.

    A un nivel más profundo, todas estas explicaciones se basan en leyes físicas. Preguntarse por qué se cumplen esas leyes es legítimo, pero su uso no convierte las explicaciones en circulares o vacías. Una teoría sobre la lluvia puede explicar una tormenta sin explicar por qué existe la materia. Del mismo modo, la termodinámica puede explicar flujos organizados sin explicar la fuente última de la regularidad. Llamar a las leyes «diseñador oculto» añade una interpretación que las ecuaciones en sí mismas no contienen. El orden tiene orígenes naturales demostrables. Sigue sin estar claro si las regularidades más profundas de la realidad requieren una explicación adicional, pero esa pregunta no puede borrar lo que hemos aprendido sobre cómo se forman y perduran los patrones.

     

    Hay un Creador

    Un Creador puede parecer que ofrece lo que las explicaciones físicas dejan sin resolver: una explicación de por qué existe el mundo en primer lugar. Las versiones filosóficas más sólidas no imaginan a un artesano poderoso en algún lugar del espacio. Proponen un fundamento necesario de la existencia contingente, algo cuya realidad no depende de nada más. Esto merece ser tenido en cuenta. Sin embargo, identificar una ambición explicativa es solo el principio. Debemos preguntarnos si el argumento establece sus premisas, si su conclusión se deduce de ellas y cuánto contenido justifica realmente esa conclusión.

    Los argumentos cosmológicos difieren entre sí. El «motor inmóvil» de Aristóteles se refiere a la explicación del movimiento y el cambio; el razonamiento de Tomás de Aquino incluye una dependencia que no tiene por qué ser simplemente una secuencia de acontecimientos anteriores. Los argumentos leibnizianos hacen hincapié en la razón suficiente y la contingencia. Tratarlos como un único argumento sobre el primer instante del tiempo oscurece sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Un universo eterno no respondería automáticamente a un argumento sobre la dependencia actual. Por el contrario, la evidencia de una historia cósmica finita no establecería automáticamente el ser necesario propuesto por un argumento sobre la contingencia.

    El principio de razón suficiente ofrece una vía influyente: la realidad contingente requiere una explicación, y la explicación descansa en última instancia en algo necesario. Su fuerza depende de qué se considera contingente, qué hechos requieren explicaciones y si la cadena explicativa debe tener un final. Se trata de compromisos filosóficos. El hecho de que el universo parezca capaz de ser diferente no demuestra que la realidad en su conjunto pudiera no haber existido. Tampoco nuestra incapacidad para deducir su necesidad demuestra la contingencia. Las afirmaciones modales se refieren a la posibilidad y la necesidad, no solo a los límites de la imaginación.

    Un fundamento necesario también necesitaría más argumentos antes de convertirse en creador. ¿Por qué la explicación debería ser una mente en lugar de una estructura impersonal o algún tipo de realidad que aún no conocemos? ¿Por qué debería elegir entre posibilidades? Si existe necesariamente pero crea libremente este universo, ¿qué explica esa elección? Estas preguntas no refutan la propuesta. Muestran que nombrar a un ser necesario no cierra todas las lagunas explicativas. Una explicación satisfactoria debe aclarar en qué se diferencia su punto de parada del hecho bruto que rechaza.

    La parsimonia no puede resolver la cuestión contando sustantivos. Un ser divino podría ser metafísicamente más simple en el marco de una teoría desarrollada, al tiempo que conlleva amplios compromisos sobre el conocimiento, el poder, la intención y la capacidad causal. Varios componentes físicos podrían dar lugar a un modelo explicativo más económico si se respaldaran de forma independiente. Del mismo modo, la comparación bayesiana requiere hipótesis específicas, priores justificadas y pruebas de que predicen de forma diferente. La ignorancia no proporciona automáticamente una probabilidad del 50 %, y el mero hecho de que exista una hipótesis del creador no la hace preferible a todas las alternativas.

    La conclusión responsable es, por tanto, limitada. Un Creador sigue siendo una propuesta filosófica cuya justificación depende de argumentos controvertidos y de interpretaciones adicionales. Su ausencia en un modelo científico no demuestra su inexistencia. Su compatibilidad con preguntas sin respuesta no demuestra su existencia. Podemos reconocer la seriedad de la explicación última sin por ello dar nuestro asentimiento a una respuesta concreta. Esa postura deja la cuestión abierta a la investigación sin convertir nuestra necesidad de inteligibilidad en una prueba de que la realidad deba satisfacerla a través de un agente creador personal.

     

    Un Creador está atento a tus peticiones

    Incluso si se demostrara la existencia de un Creador, la cuestión de la oración seguiría en pie. El origen de la existencia no es necesariamente alguien que escucha. Alguien que escucha no tiene por qué preocuparse por las peticiones humanas, y esa preocupación no garantiza que vaya a intervenir. Cada paso supone algo más: conciencia, comprensión, interés, voluntad y poder ejercido en determinadas circunstancias. La distancia importa porque un argumento que respalda una proposición no puede simplemente transferir su autoridad a todas las demás. Un fundamento para la realidad no viene acompañado de una política para responder a las peticiones.

    A esta transición se la suele llamar «problema de identificación». Describirla como un error de categoría automático es ir demasiado lejos, porque un fundamento metafísico y un ser personal no son necesariamente descripciones incompatibles. Los teístas clásicos han desarrollado argumentos que relacionan la existencia necesaria con el intelecto, la voluntad y la providencia. Esos argumentos merecen ser evaluados por sí mismos. La objeción más concreta ya es suficiente: el mero razonamiento cosmológico no demuestra que una oración llegue a un agente receptivo. Se necesitan más premisas y pruebas, independientemente del vocabulario filosófico que usemos.

    Los relatos de oraciones contestadas ofrecen una posible fuente de evidencia, pero se enfrentan a dificultades. La gente suele rezar cuando los resultados son inciertos, es posible que haya una mejoría y hay muchos factores influyendo. Una recuperación tras la oración puede ser significativa sin que se sepa qué factor la provocó. La memoria selectiva puede conservar los éxitos mientras oculta las decepciones. Para evaluar una afirmación de intervención, necesitamos una explicación de lo que probablemente habría pasado sin la oración, junto con criterios que no cambien una vez que se conozca el resultado.

    Los estudios controlados pueden abordar versiones limitadas y medibles de tales afirmaciones. El ensayo STEP examinó la oración de intercesión asignada a pacientes sometidos a una cirugía de bypass coronario y no encontró ninguna mejora en la recuperación sin complicaciones atribuible a esa intervención. Esto no demuestra que ningún ser escuche las oraciones. Lo que hace es poner a prueba una intervención concreta en condiciones específicas. Una deidad no tiene por qué comportarse como un tratamiento con un efecto predecible. Pero si esa respuesta elimina toda expectativa que las observaciones pudieran cuestionar, la afirmación también pierde esas observaciones como confirmación empírica.

    La oración puede seguir afectando a quien reza a través de la atención, la regulación emocional, la reflexión o un sentido de conexión. La oración compartida puede proporcionar apoyo social. Estas posibilidades tienen que ver con actividades y relaciones humanas; su valor no demuestra por sí solo que haya comunicación con un destinatario sobrenatural. Por el contrario, explicar algunos beneficios a través de mecanismos comunes no tiene por qué invalidar la experiencia de quien la practica. Podemos distinguir la importancia de una experiencia de la interpretación causal que se le atribuye. El respeto por una persona no implica tratar todas las interpretaciones como si estuvieran igualmente demostradas.

    ¿Qué podemos concluir, entonces? Ni la existencia cósmica ni la complejidad biológica demuestran que alguien esté esperando nuestras peticiones. Los compromisos religiosos pueden aportar una narrativa adicional, pero esa narrativa conlleva sus propias obligaciones probatorias. La respuesta prudente mantiene la diferencia entre la posibilidad y la expectativa justificada. La gente puede tener la esperanza de que se le escuche, al tiempo que reconoce que esa esperanza va más allá del conocimiento establecido. Mientras tanto, las peticiones que nos hacemos unos a otros tienen destinatarios y consecuencias. Sea cual sea el fundamento último de la realidad, la capacidad de respuesta humana sigue siendo algo que podemos observar, cultivar y de lo que podemos hacernos responsables en las vidas que compartimos.

     

    Coda

    Empezamos con la existencia y la tentación de convertir el asombro en una respuesta. En cambio, hemos encontrado varias preguntas, cada una con sus propios criterios. El origen del universo, la aparición de la vida, el desarrollo de las funciones biológicas y la formación de patrones físicos pertenecen a líneas de investigación distintas. La propuesta de un Creador introduce otro nivel de explicación. Un Creador que escucha las peticiones añade aún más atributos. Para entender sus relaciones hay que resistirse a la tentación de resolverlo todo con una sola frase dramática.

    «La nada lo creó todo» resultó ser una descripción poco fiable de la cosmología. El universo observado tiene una historia evolutiva, mientras que su origen absoluto sigue sin estar claro. Los vacíos físicos y las condiciones de contorno matemáticas no son la no-existencia absoluta. La creación clásica a partir de la nada, tal y como se entiende, propone un agente que actúa sin materia, en lugar de que la nada actúe como agente. Por lo tanto, hemos aclarado las afirmaciones contradictorias sin pretender que ni un modelo físico ni una formulación teológica hayan dado una respuesta indiscutible a por qué existe la realidad.

    «La no-vida dio lugar a la vida» identificó un problema de investigación con componentes accesibles experimentalmente. Sabemos que la química puede producir ingredientes y realizar funciones relevantes para la organización biológica primitiva. No disponemos de una vía completa y históricamente establecida desde la química planetaria hasta los primeros organismos en evolución. Esta incompletitud es importante. Sin embargo, no establece una imposibilidad de principio ni aporta pruebas a favor de una alternativa sobrenatural concreta. Los próximos avances vendrán de conectar mecanismos en condiciones compatibles y descubrir qué vías resisten pruebas exigentes.

    «El azar condujo a la precisión» nos obligó a sustituir una lotería por una explicación basada en la variación limitada, la herencia y la reproducción diferencial. Los cálculos de probabilidad son útiles cuando representan el proceso que se está evaluando. Resultan engañosos cuando sustituyen una historia acumulativa por el ensamblaje instantáneo de un resultado moderno elegido. «El caos creó el orden» exigió cuidado con las definiciones y la termodinámica. Las estructuras organizadas pueden surgir a través de interacciones regidas por leyes y flujos de energía, aunque explicar un patrón simple no explica automáticamente una célula viva.

    La propuesta del Creador sigue siendo evaluable desde el punto de vista filosófico, y sus conclusiones dependen de premisas sobre la contingencia, la explicación y la necesidad. No dar tu consentimiento no implica demostrar que todas esas propuestas sean falsas. Tampoco aceptar un fundamento necesario identifica automáticamente a un ser personal. La oración añade preguntas sobre la agencia, la comunicación, la evidencia y la interpretación que el razonamiento cosmológico por sí solo no puede responder. Las experiencias de consuelo pueden ser reales, aunque su origen último siga siendo objeto de debate. Reconocer esa distinción permite tanto la honestidad intelectual como prestar atención a lo que esas experiencias significan para las personas.

    Lo que queda por resolver incluye el régimen físico más primitivo, el origen de la herencia biológica fiable, los fundamentos de la ley natural y la posibilidad de una explicación última. Son tareas inconclusas. No sitúan todas las conjeturas en el mismo plano, porque algunas teorías ya explican las observaciones, guían los experimentos y resisten las correcciones con más éxito que otras. Nuestra ignorancia tiene una estructura, igual que nuestro conocimiento. No hace falta que reduzcamos el universo al entenderlo, ni que llenemos cada incertidumbre de intención. Podemos enfrentarnos a sus preguntas sin respuesta con curiosidad, criterio disciplinado y la disposición a descubrir que la realidad difiere de lo que esperábamos o deseábamos.

     

    18 de octubre de 2026

     

  • El Credo anotado

    2026-04-02 Jueves Santo

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  • What is Islamophobia?

    Islamophobia is commonly defined as a fear, hatred, prejudice, or hostility toward Islam and Muslims that manifests in discrimination, stereotyping, exclusion, or violence, often rooted in perceptions of Muslims as a monolithic, violent, or inferior “other.”[1][2][3][4]

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  • Kuji-Kiri: The Nine Cuts of Esoteric Tradition in Japan

    Introduction
    Kuji-Kiri (九字切り), literally “nine-character cuts,” is a traditional Japanese ritual practice involving the drawing of nine symbolic cuts in the air (or on an object) accompanied by hand gestures and incantations. It is often associated with mysticism and martial lore – famously linked to the shadowy ninja – but its roots and significance run much deeper. Emerging from a blend of religious and folkloric traditions, Kuji-Kiri is fundamentally an esoteric practice intended to invoke spiritual protection and focus the mind. Understanding Kuji-Kiri requires exploring its historical origin in Chinese and Japanese religion, its doctrinal meaning within esoteric Buddhism (Mikkyō), and the philosophical symbolism that underlies the ritual. This essay examines the development of Kuji-Kiri, distinguishing documented history from legend, and situates the practice in its proper religious and cultural context.

    Origins and Historical Development

    The concept behind Kuji-Kiri can be traced back to ancient China, predating its appearance in Japan. Scholars generally agree that the practice evolved from a Taoist incantation or magical formula known as the “Nine Characters” spell. An early form of this nine-syllable invocation appears in Chinese sources around the 4th century CE. The most famous phrasing is a sequence of nine Chinese characters often transliterated in Japanese esoteric tradition as rin (臨), pyō (兵), tō (闘), sha (者), kai (皆), jin (陣), retsu (列), zai (在), zen (前). In Chinese, these roughly translate to a prayer that can be read as “May all those who face battle lines stand before me!” – essentially a call for divine protectors or presiding forces to form a vanguard against evil. Originally part of a Taoist liturgy or poem, this nine-character formula was not Buddhist at all, but rather a martial-spirited charm for invoking protective cosmic forces. Over time, it took on a more mystical and generic meaning as a mantra of protection.

    By the time this nine-syllable spell reached Japan, it was readily syncretized into local religious practices. Esoteric Buddhism, known as Mikkyō (particularly the Shingon and Tendai schools), entered Japan in the early Heian period (9th century) and brought with it a rich array of mantras, mudras (hand gestures), and protective rites. The nine-syllable formula was not formally included in the core imported Buddhist liturgy, yet it found fertile ground in Japan’s matrix of folk belief and emerging esoteric practices. Onmyōdō, the Yin-Yang divination and magic system of the Heian court, already incorporated Daoist elements; practitioners of onmyōdō (onmyōji) were likely aware of the nine-character charm and could apply it in exorcisms or protective spells. Early mountain ascetics and shamans also found use for the grid of nine cuts as a potent talisman against malevolent spirits. Thus, even before it was systematized, the Kuji-Kiri pattern – nine marks or “slashes” – became part of Japanese folk-magic as a means to ward off danger.

    The first documented integration of a nine-syllable practice into Japanese Buddhism is attributed to the Shingon monk Kakuban (1095–1143). Kakuban was a major scholar of esoteric doctrine, and in one of his texts The Illuminating Secret Commentary on the Five Chakras and the Nine Syllables, he introduced a set of kuji (nine-character) formulas dedicated to the Buddha Amitābha. Notably, Kakuban did not simply adopt the old Taoist phrase – instead, he composed new Buddhist mantras of nine syllables, aligning the concept with Buddhist deities and cosmology. This indicates that by the 12th century, the idea of “nine syllables” as a powerful pattern was known, but Buddhist masters sought to ground it in orthodox doctrine by substituting their own sacred syllables. Similarly, other religious leaders of the Kamakura period created nine-syllable prayers: the Pure Land founder Shinran (1173–1263) devised protective kuji invocations to Amida Buddha, and Nichiren (1222–1282) – founder of Nichiren Buddhism – taught a kuji prayer adapted from Chapter 26 of the Lotus Sutra. (In that Lotus Sutra chapter, the celestial king Vaiśravaṇa utters a dhāraṇī to safeguard the faithful; Nichiren’s adoption of it as a nine-syllable chant shows the continued appeal of this pattern in a Buddhist context.) These developments illustrate how a once-Taoist magical formula was progressively reinterpreted by Japanese Buddhists: the form of nine mystical syllables was retained, but the content was aligned with Buddhist prayers and deities.

    Outside the Buddhist clergy, the practice truly flourished in the syncretic traditions of Japan’s mountains. Shugendō, the ascetic mountain religion that arose from blending esoteric Buddhism with indigenous Shintō and shamanistic practices, made extensive use of Kuji-Kiri. Texts compiled by Shugendō lineages show that by the medieval period, many rituals of protection and empowerment included making the nine cuts in the air while reciting syllables. One important compendium, the Fujūshū (a collection of secret rituals compiled between the 13th–17th centuries and later edited in the 19th century), lists dozens of kuji rites. These rituals were often preparatory practices for Shugendō yamabushi (mountain monks) to purify themselves or their surroundings. In Shugendō manuals, Kuji-Kiri is described matter-of-factly as a way to “cut off demonic influences” – the alternating series of five horizontal and four vertical slashes is thought to sever the invisible cords by which malevolent spirits (or harmful energies called inki) cling to a person. Crucially, the nine cuts could also be inscribed or superimposed on objects: for example, a wandering monk or traveler might draw the grid of nine over a written character for “demon” (鬼) to ward off evil in general, or over the character for “water” (水) or “sea” (海) to ensure safety before a voyage. Such folk applications of Kuji-Kiri were common in pre-modern Japan, highlighting that this practice was not confined to temples but found in everyday protective magic.

    Doctrinal and Philosophical Context

    Although Kuji-Kiri did not originate within classical Buddhism, it was absorbed into Japanese esoteric doctrine in a way that gave it deeper meaning. In Mikkyō (the esoteric teachings of Shingon and Tendai), every ritual gesture and syllable is laden with symbolic significance as part of the Three Mysteries practice: the mystic unity of Body, Speech, and Mind. Performing Kuji-Kiri involves all three – hand mudrās (Body), mantras or syllables (Speech), and a focused intention or visualization (Mind). Through this lens, Kuji-Kiri can be seen as a microcosm of esoteric Buddhist practice. Each of the nine syllables may be linked to specific Buddha families or deities, and the grid of nine cuts symbolizes a matrix in which the forces of the universe are marshaled against evil or ignorance. In some Shingon interpretations, the nine syllables have correspondence to sets of deities (for instance, the Five Great Wisdom Kings and the Four Heavenly Kings could be jointly invoked – a total of nine guardian figures). The overarching idea is that by tracing the mystic grid and voicing the sacred syllables, the practitioner calls upon the entire pantheon of protective forces and unites them within himself for spiritual defense.

    Philosophically, Kuji-Kiri is frequently explained as a ritual of cutting through illusion and delusion. Esoteric Buddhist doctrine emphasizes that the phenomenal world (sahā world) is like a veil of Māyā – an illusion that obscures ultimate truth. In Shingon teaching, wisdom is likened to a sword that slices through ignorance. Correspondingly, when a practitioner makes the nine cuts, especially the final downward stroke, it is said to represent wielding the Sword of Wisdom to sever the veil of illusion. The classical interpretation in Shingon’s two-mandala doctrine posits that the left hand and right hand have different spiritual roles: the left hand often holds a specific mudrā (symbolizing the Taizōkai or Matrix Mandala – the principle of passive, inner enlightenment), while the right hand performs the cutting (symbolizing the Kongōkai or Diamond Mandala – active, compassionate means). The left is receptive (associated with Yin), the right is projective (Yang); together they integrate to create a mystical “gate” through the fabric of mundane reality. By ritually “opening” this gate through Kuji-Kiri, the practitioner aspires to access a higher state of awareness or heightened consciousness. In other words, beyond just repelling external evils, Kuji-Kiri serves as a meditative act to dispel internal ignorance, sharpen one’s mind, and align with the Buddha’s wisdom.

    It is important to note that mainstream, orthodox Buddhism (for example, the aristocratic temples of Shingon and Tendai in Kyoto) did not widely publicize the use of Kuji-Kiri – it was often considered a secret technique (hiden) taught in esoteric initiation or found in informal lay practice. Some Buddhist purists may have regarded it as a superstitious practice of the uneducated. Nevertheless, its persistence in texts and oral lineages indicates that Kuji-Kiri had a recognized if peripheral role in Japanese religiosity. By the Edo period (17th–19th centuries), even some Shintō lineages influenced by esoteric Buddhism (Ryōbu Shintō) employed nine-syllable prayers and mudrā, demonstrating the crossing of doctrinal boundaries. In essence, Kuji-Kiri became a shared esoteric heritage: a ritual format that could be filled with different doctrinal content depending on whether one was a Buddhist monk, a mountain ascetic, or a folk healer. What united these perspectives was the philosophical core of the practice – the belief that through sacred words, symbolic gestures, and mental focus, one could tap into cosmic power to ward off evil and transform the self.

    Ritual Practice and Symbolism

    The physical execution of Kuji-Kiri is striking and precise. Traditionally, the practitioner begins with hands folded together and fingers interlocked in a specific starting mudrā. Then, using typically the index and middle fingers extended as a “sword,” one makes nine swift cuts in the air. These are done in a specific order: five horizontal slashes alternating with four vertical slashes, forming an invisible grid or tic-tac-toe pattern (the order often starting with a horizontal cut). By the end, the air before the practitioner (or the object being blessed) is symbolically “sealed” by a grid of nine lines. Each cut is synchronized with the intonation of one of the nine syllables. For example, a common sequence in Japanese practice is: “Rin! Pyō! Tō! Sha! Kai! Jin! Retsu! Zai! Zen!” – one syllable per cut. These syllables may be chanted aloud in a commanding voice or recited mentally, depending on the school or context. In some traditions, instead of the Japanese syllable names, a secret Sanskrit mantra is recited for each cut (rendering the practice even more arcane to outsiders). Regardless of language, the rhythmic coordination of voice and movement is considered crucial: it harnesses breath, vibration, and concentration in unison.

    Complementing the cutting motion, Kuji-in (九字印) are the “nine seals” – a sequence of hand mudrā positions that accompany or precede the cuts. In many lineages (particularly the older martial and Shugendō schools), the practitioner will intertwine their fingers in a series of complex gestures for each of the nine syllables. Each of the nine mudrā has a name and symbolic significance, often connected to a particular Buddhist figure or power. For instance, one mudrā might represent strength of mind and body, another harmony with the universe, another healing, and so on. These hand seals are essentially a form of yogic practice for the fingers – each position is believed to channel energy in a distinct way or “seal” a certain mental state. Interestingly, traditional Chinese medicine and Taoist belief correlate each finger with an energetic meridian; thus one esoteric interpretation is that Kuji-in stimulates all the major energy channels of the body, aligning internal qi. However, classical Japanese sources framed the mudrā less in physiological terms and more in spiritual/symbolic ones: the hands are miniature representations of the cosmology, and forming specific shapes with them can invoke different cosmic principles.

    When performed in a religious ceremony or formal setting, Kuji-Kiri is typically a preliminary rite. A Shugendō priest, for example, might do Kuji-Kiri over a bowl of water or a talisman before using it in an exorcism, effectively sanctifying and sealing it with power. Samurai and commoners alike could inscribe the nine cuts on paper amulets for protection. The grid symbol itself (a # shape of nine sections) became culturally recognized as a general protective sigil. For instance, Edo-period fishermen reportedly drew the Kuji-kiri grid over the kanji for “water” on their boats to guard against drowning, and travelers carved it on staves or charms to ensure safe passage. This visual symbol of a five-by-four grid is deeply interwoven with Japanese notions of magical defense.

    Kuji-Kiri in Martial Traditions and Legend

    Beyond its religious uses, Kuji-Kiri entered the world of the martial arts – in training, in battlefield superstition, and later in popular imagination. One of Japan’s oldest martial ryūha, the Tenshin Shōden Katori Shintō-ryū (a classical school of swordsmanship founded in the 15th century), has Kuji-Kiri and Kuji-in as part of its curriculum. In such traditional schools, these esoteric exercises were taught to cultivate the inner state of the warrior. The nine cuts and nine seals were believed to help the fighter channel focus, courage, and clarity in the face of danger. By silently reciting the syllables and executing the hand signs, a swordsman could rally his spirit and intimidate his psyche against fear. Some ryuha maintained secret hand seal sequences, transmitted only to advanced initiates, with the understanding that these rituals could influence one’s combative prowess or even affect the enemy’s mind. This reflects a common ethos in Japanese martial culture: true victory comes not just from physical skill but from spiritual and mental dominance. Even if the hand seals had no overt physical effect, the confidence and single-mindedness they instilled could tip a duel in one’s favor.

    It is in the context of ninjutsu, however, that Kuji-Kiri gained its most sensational reputation. Ninja, the covert agents of feudal Japan (principally from the Iga and Kōga regions), were often ascribed nearly supernatural abilities in folklore. Kuji-Kiri was frequently cited as the source of a ninja’s almost magical prowess. According to later legends, a ninja slipping into a guarded castle at night might pause in the shadows to rapidly flash through the nine hand seals and mutter the kuji spell, thereby rendering himself invisible to sentries. Other tales claimed ninja could stun wild animals, heal wounds, or predict the future by virtue of mastering the nine syllables. It was said that by focusing their ki (life energy) via Kuji-Kiri, ninja could cloud an enemy’s mind – a form of psychological warfare that felt like hypnosis to the victim. Each syllable in the kuji was eventually attributed a specific power in these stories: Rin for strength, Pyō for channeling energy, Tō for harmony, Sha for healing, Kai for premonition, Jin for telepathy, Retsu for control of space-time, Zai for command over the elements, and Zen for enlightenment. Such attributions clearly venture deep into the realm of myth and mysticism rather than documented reality. They echo the hopes and fears of pre-modern warriors: the desire for an edge in battle and the awe towards those who cultivate mysterious practices.

    Historically speaking, actual ninja operatives did incorporate esoteric practices, but not in the flamboyant manner popularized by fiction. Manuals written by veteran ninja in the 17th century (such as the Bansenshūkai and Shōninki) advise would-be shinobi on both practical techniques and mental preparedness. These texts show that ninja valued stealth, disguise, chemistry, and intelligence-gathering above all – yet they also recommend prayers to the kami and Buddhas for protection, as well as meditation to sharpen the mind. Kuji-kiri fits into this paradigm as a form of meditative preparation or a quick ritual for focus before undertaking a perilous task. The ninja clans, many of whom had roots in mountainous regions, were undoubtedly influenced by Shugendō and folk-magic traditions. It is therefore plausible that they practiced Kuji-Kiri in some form, using it to spiritually center themselves or to allay fear. However, the idea that Kuji-Kiri literally granted invisibility or mind control is not supported by historical evidence – these are embellishments born from Japan’s rich storytelling tradition (and more recently, from movies, novels, and anime). In feudal times, the mystique of the ninja was such that common people and samurai alike believed they had dark magical powers; ninja themselves did little to dispel these rumors, since superstition could be a useful tool to intimidate enemies. Over centuries, mythologizing turned Kuji-Kiri into a kind of “ninja magic” in the popular consciousness.

    In the peaceful Edo period, when overt warfare ceased, many former ninja families and martial artists shifted their focus to spiritual and educational pursuits. The philosophical aspect of Kuji-Kiri gained prominence: it was taught as a discipline to cultivate personal self-mastery, willpower, and a connection to the divine. The esoteric knowledge that once had a direct tactical application was now often preserved as cultural heritage and inner training. Thus, by the 19th and 20th centuries, Kuji-Kiri lived on through martial arts lineages, folklore, and a few esoteric circles. Modern ninja practitioners (and theatrical performers) continued to showcase the nine hand signs as an iconic kata, even as modern scholars and practitioners re-examined the practice with more skepticism and historical clarity.

    Conclusion

    Kuji-Kiri stands at the crossroads of religion, martial arts, and myth in Japanese culture. Historically, it began as a protective spell – nine condensed invocations to command spiritual forces for one’s defense – adopted from Chinese esotericism and nurtured in Japan’s unique blend of Buddhism, Shintō, and folk belief. Doctrinally, it was reinterpreted to accord with Buddhist philosophy: the ritual became a way to cut through illusion and align oneself with cosmic truth, embodying the esoteric principle that the microcosm of gestures and syllables can influence the macrocosm of reality. Philosophically, Kuji-Kiri emphasizes the interplay of wisdom and action (insight and technique) – the very union of inner enlightenment and outward efficacy that esoteric practitioners seek. Over the centuries, this practice left the cloister and entered the dojo and the imagination of the battlefield, giving warriors a secret language of motions to steel their nerves and giving storytellers a rich symbol of mystic power.

    In separating fact from fiction, we find that Kuji-Kiri was less about casting literal spells than about honing the mind and spirit. Its true power lay in focus, ritualized intent, and psychological fortification, rather than in supernatural fireworks. Yet, the allure of Kuji-Kiri’s mystery is also an integral part of its legacy. Even today, one can sense the resonance of the nine cuts – whether in a meditating monk tracing invisible lines in a mountain temple, or in a martial artist clasping his hands before a contest to find calm. Kuji-Kiri endures as a fascinating example of how a simple ritual act can accumulate layers of religious significance, practical utility, and legendary awe. It is a reminder that in Japanese culture, the boundary between the spiritual and the martial, the real and the imagined, is often as thin as a razor – a line waiting to be cut through by the focused will of a practitioner.

    Reading List

    • Waterhouse, David (1996). “Notes on the Kuji in Shugendō and Martial Tradition.” In Religion in Japan: Arrows to Heaven and Earth, ed. P. Kornicki and I. McMullen. Cambridge University Press. – Academic study on the historical context of Kuji-kiri in religion and its overlap with martial arts traditions.
    • Blacker, Carmen (1975). The Catalpa Bow: A Study of Shamanistic Practices in Japan. Allen & Unwin; reprint Routledge. – Classic work on Japanese folk religion and magic, providing context for practices like Kuji-kiri among mountain ascetics and shamans.
    • Yamasaki, Taikō (1988). Shingon: Japanese Esoteric Buddhism. (Trans. by Richard and Cynthia Peterson). Shambhala. – Comprehensive overview of Shingon Mikkyō doctrine and rituals, useful for understanding the esoteric Buddhist framework that underpins practices such as Kuji-in.
    • Zoughari, Kacem (2010). The Ninja: Ancient Shadow Warriors of Japan, 1300–1700. Tuttle Publishing. – Historical research on the ninja, separating fact from myth, including discussion of their training and the role of esoteric practices like Kuji-kiri.
    • Grapard, Allan G. (2016). Mountain Mandalas: Shugendō in Kyushu. University of Hawaii Press. – Scholarly examination of Shugendō (mountain asceticism) in Japan; provides insight into the syncretic religious milieu where practices like the nine cuts thrived.
  • Atheism in the Global Population

    Estimating the number of atheists worldwide is challenging due to varying definitions and survey methodologies, but several studies offer ballpark figures:

    • Percentage of world population who are atheists: Roughly 7% of humanity identifies as atheist or agnostic (lacking belief in a deity) (en.wikipedia.org). For example, one comprehensive review in 2013 estimated about 7% of the global population falls into this category. Some international polls in the 2010s found similar magnitudes – e.g. around 9–13% of people worldwide called themselves “convinced atheists,” depending on the year (en.wikipedia.org).
    • Approximate number of atheists globally: On the order of hundreds of millions. About 450–500 million people worldwide were estimated to be atheists or agnostics in the early 2010s (en.wikipedia.org). This is roughly half a billion people. (By comparison, a broader 16% of the world’s population – over 1.1 billion people – were religiously unaffiliated as of 2012, a category that includes atheists, agnostics, and others with no religion (en.wikipedia.org), though many among the “unaffiliated” still hold some spiritual beliefs.)

    These figures underscore that a significant minority of the global population does not believe in a god or gods. In summary, around 5–10% of people worldwide (several hundred million individuals) can be considered atheists under standard definitions, with the exact percentage varying by survey and definition (en.wikipedia.org) (en.wikipedia.org).


    Learn more:

    1. Demographics of atheism
    2. Atheism