Blog

  • De la nada a alguien

    La existencia, la vida, el orden y la cuestión de un Creador que escucha

    Introducción

    Estamos aquí. Hay estrellas, océanos, células vivas y mentes capaces de preguntarse por qué existen todas ellas. Esto es algo difícil de rebatir. Lo que se deduce de ello es bastante menos obvio de establecer. ¿Requiere la existencia un creador? ¿Podría surgir la vida de la química? ¿Pueden los procesos sin previsión producir organismos cuyo intrincado funcionamiento se asemeje a una ingeniería deliberada? Estas preguntas merecen una atención paciente, porque las respuestas afectan tanto al alcance del conocimiento humano como a los límites de nuestras expectativas.

    Varias afirmaciones conocidas resumen esta indagación en fórmulas provocativas: la nada lo creó todo, lo inerte produjo vida, el azar generó precisión y el caos creó orden. Junto a ellas hay otras dos proposiciones: hay un Creador, y este Creador escucha nuestras peticiones. Su disposición puede sugerir una elección entre historias igualmente extraordinarias. Sin embargo, su similitud gramatical oculta diferencias importantes. Algunas describen procesos que se pueden investigar experimentalmente. Otras proponen explicaciones definitivas. Una atribuye una relación personal a lo que sea que subyace al universo.

    Antes de comparar estas afirmaciones, tenemos que preguntarnos qué significa realmente cada una. Una región vacía del espacio no es la nada absoluta. Una mezcla química no es una ausencia de recursos materiales. La variación aleatoria no es lo mismo que un proceso evolutivo que también incluye la herencia y la selección. El caos matemático no es simplemente desorden. Una causa de la existencia, si es que hay alguna, no tiene por qué tener intenciones. Y un creador intencional no sería automáticamente un ser que acepta peticiones o cambia los acontecimientos en respuesta a ellas.

    También hay que distinguir entre incertidumbre y equivalencia. Dos proposiciones no adquieren la misma credibilidad solo porque ninguna de las dos se haya demostrado de forma concluyente. Importan su coherencia, las pruebas que las respaldan, su utilidad explicativa y su susceptibilidad a ser corregidas. Por el contrario, una propuesta científica no se convierte en un relato histórico demostrado simplemente porque sea comprobable. La confianza racional debería reflejar lo que realmente se ha demostrado, dejando espacio tanto para el conocimiento sólido como para las preguntas sin resolver. La misma disciplina se aplica a los argumentos filosóficos, cuyas conclusiones siguen dependiendo de sus premisas.

    Abstenerse de creer también es diferente a afirmar la inexistencia. Alguien que considere que un creador propuesto no está demostrado no tiene por qué afirmar que ha refutado todos los creadores posibles. Tampoco tiene que explicar todo el universo antes de rechazar una explicación sugerida. Las preguntas pueden ser legítimas sin que todas las respuestas disponibles estén justificadas. De lo contrario, las lagunas más profundas en el conocimiento se convertirían en invitaciones obligatorias a aceptar cualquier relato que suene más convincente. Una pregunta sin respuesta abre una oportunidad para investigar, no determina cuál es la explicación ganadora entre las que compiten.

    Nuestra tarea, pues, es separar la existencia de un enigma de los méritos de las soluciones propuestas. Analizaremos cómo la materia, la vida, la complejidad funcional y el orden físico se relacionan con las explicaciones que se ofrecen para ellos. A continuación, analizaremos qué explicaría un Creador y qué razonamiento adicional se necesitaría para vincular a ese ser con la oración. Durante todo este proceso, el asombro puede permanecer intacto. Entender un proceso no tiene por qué convertirlo en algo corriente, y reconocer la ignorancia no tiene por qué convertirlo en un acontecimiento sobrenatural. El objetivo es la proporción: dejar que las pruebas digan lo que puedan, que los argumentos revelen sus supuestos y dejar abiertas las preguntas que realmente lo sean.

     

    La nada lo creó todo

    La frase «la nada lo creó todo» le da a la nada un papel extrañamente activo. Hace que la ausencia parezca un agente capaz de producir un universo. Si la tomas al pie de la letra, la afirmación se contradice a sí misma: la nada absoluta no contendría ningún agente, material, ley, potencial ni proceso. Pero esta proposición literal no es lo que afirma la cosmología establecida. Rechazar a un creador divino no te obliga a imaginar una nada productiva. Puede significar que la explicación última de la existencia sigue siendo desconocida, o que la propia pregunta necesita una formulación más cuidadosa.

    El modelo del Big Bang describe la expansión y el enfriamiento del universo observable a partir de un estado anterior caliente y denso. Su éxito se basa en observaciones convergentes, como la expansión cósmica, las abundancias de elementos primordiales y el fondo cósmico de microondas. Por sí solo, no describe una transición, demostrada experimentalmente, de la no existencia absoluta a la existencia. Extender las ecuaciones clásicas hacia atrás, hasta una singularidad, revela dónde esa descripción se vuelve insuficiente. Un límite matemático en un modelo no es automáticamente un evento físico en el que la nada se convirtiera en todo.

    El teorema de Borde-Guth-Vilenkin también requiere precisión. Según sus supuestos sobre la expansión media, ciertas trayectorias en el espacio-tiempo dirigidas hacia el pasado no pueden extenderse indefinidamente. Esto establece una incompletitud del pasado, no la existencia de un creador ni un comienzo absoluto a partir de la nada. Los autores concluyen que la inflación por sí sola no puede describir el límite pasado relevante. Lo que hay más allá de esa descripción requiere más física. Un teorema sobre los límites de un modelo de espacio-tiempo no puede convertirse sin más en un teorema sobre el origen de toda la realidad.

    Las propuestas cuánticas requieren una moderación similar. Un vacío cuántico tiene estructura física; no es la nada filosófica. Los modelos descritos como una creación de la nada pueden usar «nada» en un sentido específico, como la ausencia de espacio-tiempo clásico, al tiempo que mantienen un marco matemático. Por lo tanto, no responden directamente a por qué existe algo. Sin embargo, su dependencia de un marco no desacredita su posible explicación del desarrollo cósmico. Una explicación puede aclarar una pregunta mientras deja otra sin respuesta. El progreso científico suele avanzar precisamente a través de este tipo de explicaciones parciales.

    La creación teológica de la nada también merece una descripción precisa. En su formulación clásica, la nada no es ni la causa material ni la causa eficiente de la creación. Dios crea sin material preexistente. Por lo tanto, la doctrina no contradice simplemente la afirmación de que la nada, actuando por sí sola, no produce nada. Su dificultad radica en otra parte: ¿qué justifica creer en este agente y cómo explica la existencia la relación causal propuesta? Declarar que esa relación es trascendente no la refuta, pero tampoco aporta pruebas independientes a su favor.

    Por último, la intuición de que la nada habría sido más sencilla no demuestra que la nada fuera posible, probable o la opción natural por defecto. No disponemos de una distribución de probabilidad consensuada sobre las realidades posibles a partir de la cual calcular la sorpresa. La pregunta «¿Por qué hay algo?» sigue siendo poderosa sin esos supuestos. Podemos investigar la historia del universo al tiempo que admitimos que su existencia última carece de una explicación aceptada. Esa admisión no nos compromete ni con una nada mágica ni con un creador demostrado. Identifica la frontera entre una historia cósmica bien fundamentada y una cuestión filosófica más profunda que aún espera una respuesta.

     

    La no-vida dio lugar a la vida

    La vida consiste en materia organizada en sistemas que se mantienen a sí mismos, intercambian energía y se reproducen con variación hereditaria. Su aparición plantea un problema histórico. La abiogénesis se refiere a la transición de la química inerte a esos sistemas; no afirma que una bacteria moderna se formara de repente a partir de un caldo indiferenciado. Tampoco afirma que la vida apareciera sin causas. Lo que se pregunta es si los procesos químicos comunes, en condiciones adecuadas, podrían haber ido desarrollando progresivamente las capacidades que luego se integraron en los organismos vivos.

    Esta pregunta es abordable desde el punto de vista científico porque sus componentes se pueden investigar. Los investigadores estudian la producción de moléculas orgánicas, la formación de membranas, las fuentes de energía química, las reacciones catalíticas y la réplica de plantillas moleculares. Los éxitos en el laboratorio establecen posibilidades concretas en condiciones concretas. No determinan automáticamente lo que ocurrió en la Tierra primitiva. El reto consiste en conectar etapas plausibles en una vía cuyos requisitos ambientales encajen entre sí, teniendo en cuenta la dilución, la degradación, las reacciones competidoras y el suministro de materiales útiles.

    El ARN llama la atención porque puede tanto transportar información de secuencia como catalizar reacciones. Esa combinación ofrece una posible vía para sortear la dependencia de la replicación moderna del ADN respecto a las proteínas. La investigación ha logrado avances en la química y la replicación del ARN, incluidos sistemas que utilizan ARN catalítico desarrollado en laboratorio. Estos resultados demuestran capacidades relevantes para la investigación sobre el origen. Sin embargo, aún no reconstruyen una transición históricamente establecida desde la geoquímica simple hasta las células en evolución. El diseño experimental y los ingredientes preparados deben quedar claros a la hora de evaluar lo que demuestra un experimento.

    La información biológica complica el problema, pero hay que tener cuidado con la palabra «información». En biología molecular se refiere a secuencias materializadas físicamente y a sus efectos dentro de sistemas químicos. Su presencia no identifica a un autor como lo hace una carta escrita a propósito. Las moléculas se unen, catalizan, persisten y se reproducen por sus propiedades y su entorno. La pregunta es cómo esas interacciones generaron una herencia y una función cada vez más fiables. Llamar «información» al resultado aclara algunas relaciones; pero no determina por sí solo qué explicación causal las produjo.

    La selección requiere diferencias hereditarias que afecten a la persistencia o la reproducción, pero no tiene por qué esperar a que se desarrolle por completo una célula moderna. Los replicadores primitivos o los compartimentos reproductores podrían sufrir formas limitadas de selección si se cumplieran esas condiciones. Antes de que existiera una herencia fiable, las afinidades químicas, las redes de reacciones, las superficies y los ciclos ambientales seguirían limitando los resultados. Las alternativas son, por tanto, más variadas que la evolución darwiniana completa o el ensamblaje aleatorio sin restricciones. Investigar esas posibilidades intermedias es una parte fundamental del problema, en lugar de una forma de eludirlo.

    Lo que sigue sin resolverse es sustancial: qué entornos fueron importantes, cómo la copia llegó a ser lo suficientemente fiable, cómo se acoplaron el metabolismo y los compartimentos, y cómo surgieron los primeros sistemas evolutivos. Estas lagunas justifican que se siga investigando y que se mantenga una confianza mesurada, no afirmaciones de que ya se ha demostrado todo. Tampoco aportan ninguna prueba de que la química tenga que fallar. La experiencia consciente plantea más preguntas, pero equiparar toda la vida con la experiencia introduce una cuestión aparte en el origen de las células. La abiogénesis se puede evaluar en función de las capacidades químicas y biológicas que realmente pretende explicar, sin necesidad de dar respuesta a cada desarrollo posterior en la historia de la materia viva.

     

    El azar condujo a la precisión

    «El azar condujo a la precisión» suena a contradicción cuando nos imaginamos a un artesano logrando resultados exactos mediante un control deliberado. Sin embargo, la precisión es una propiedad del resultado, mientras que el azar describe aspectos de un proceso. No son opuestos lógicos. Pueden darse sucesos aleatorios dentro de sistemas con restricciones, y el filtrado repetido puede dar resultados fiables. La pregunta relevante es, por tanto, cómo interactúan la variación, las restricciones y la retención, más que si algo llamado «azar» tiene la capacidad de crear la perfección por sí solo.

    La evolución ofrece el ejemplo más claro. Las mutaciones surgen sin anticipar, por lo general, lo que un organismo va a necesitar. Sin embargo, la selección hace que sus trayectorias posteriores sean desiguales: las variantes que se reproducen con más éxito tienden a aportar más descendientes. La recombinación, la deriva genética, las restricciones del desarrollo y los entornos cambiantes también dan forma a los resultados. Este proceso no tiene un destino predeterminado, pero puede acumular adaptaciones. Su eficacia depende de las oportunidades locales y de los puntos de partida heredados. No hace falta que pruebe todos los organismos posibles antes de producir uno capaz de funcionar en su entorno.

    Los cálculos de probabilidades de proteínas pequeñas suelen ocultar un problema distinto al que afronta la evolución. Pueden preguntarse qué probabilidad habría de que una secuencia moderna específica surgiera a partir de elecciones independientes e igualmente probables en cada posición. Esa es una cuestión matemática bajo esos supuestos. No es automáticamente la probabilidad de que cualquier función útil pueda surgir a través de una producción con sesgo químico, múltiples secuencias aceptables, duplicación, modificación y selección. Un resultado numérico no puede establecer la imposibilidad a menos que su modelo de muestreo y su objetivo se correspondan realmente con el proceso natural propuesto.

    Las secuencias funcionales pueden tolerar sustituciones, compartir actividades parciales y adquirir nuevas funciones a través de cambios en las estructuras existentes. Los experimentos también han recuperado funciones de unión a partir de bibliotecas de secuencias proteicas inicialmente aleatorias. Este tipo de trabajo no demuestra el origen de la vida, y la unión por sí sola no equivale a una enzima completa ni a un organismo. Lo que sí muestra es por qué una cifra universal sobre la rareza de las proteínas funcionales resulta engañosa. La rareza depende de la función que se busque, de las secuencias muestreadas, de las condiciones probadas y del rendimiento mínimo que se considere un éxito.

    La investigación sobre el origen sigue enfrentándose al problema de establecer los primeros sistemas capaces de una evolución acumulativa sostenida. No podemos resolverlo simplemente invocando la selección sin especificar qué es lo que se reproduce y cómo persisten sus diferencias. Pero tampoco podemos sustituir esa investigación por la probabilidad de ensamblar una célula actual en un solo paso. Del mismo modo, el equilibrio puntuado se refiere a los patrones y ritmos del cambio evolutivo; no establece que los nuevos planes corporales requieran previsión. Los intervalos cortos en los registros geológicos pueden abarcar muchas generaciones y cambios ecológicos.

    Incluso la aparente precisión de los organismos requiere perspectiva. Los sistemas vivos contienen redundancia, tolerancias, mecanismos de reparación, compromisos y vestigios históricos. Su éxito suele depender de la robustez más que de la conformidad exacta con un plano. El ajuste fino físico plantea una cuestión aparte, porque las probabilidades sobre las posibles constantes requieren supuestos que aún no sabemos cómo establecer con seguridad. En todos estos temas, el asombro es una invitación a identificar mecanismos y comparar explicaciones. Solo se convierte en evidencia de diseño cuando el diseñador propuesto aporta una explicación defendible que aclara mejor las observaciones que las alternativas relevantes.

     

    El caos creó el orden

    La palabra «caos» tiene dos significados que deben mantenerse separados. En el lenguaje cotidiano sugiere desorden o confusión. En matemáticas describe un comportamiento determinista con una gran sensibilidad a las condiciones iniciales. Un sistema caótico sigue unas reglas incluso cuando pequeñas incertidumbres hacen que las predicciones detalladas a largo plazo sean impracticables. Por lo tanto, demostrar que hay orden en un sistema así no significa que la estructura surja de la ausencia de restricciones físicas. Muestra cómo las interacciones regidas por leyes pueden producir patrones cuya evolución detallada supera nuestra capacidad para predecirlos.

    El orden también tiene varios significados. Un cristal muestra una estructura repetitiva; un huracán mantiene un movimiento organizado; un organismo sustenta una red compleja de funciones. Estos fenómenos requieren explicaciones diferentes. Ninguno queda excluido simplemente porque se cumpla la segunda ley de la termodinámica. En un sistema aislado, la entropía total no disminuye. Un subsistema que intercambia energía y materia con su entorno puede reducir su entropía mientras produce un mayor aumento en otra parte. Por lo tanto, la organización local requiere una explicación termodinámica adecuada, en lugar de una exención de la termodinámica.

    Un fluido calentado ilustra este punto. En condiciones adecuadas, una diferencia de temperatura produce una convección organizada. La circulación resultante transfiere calor al tiempo que disipa energía. El trabajo de Prigogine sobre sistemas lejos del equilibrio ayudó a establecer cómo los flujos sostenidos pueden sustentar estructuras organizadas. Estas estructuras no invierten la segunda ley a nivel local, como si infringieran una regla temporalmente. Su formación es compatible con la ley una vez que se incluyen los intercambios y la producción de entropía. No se necesita ni intención ni anticipación para que surja el patrón.

    Los sistemas vivos también persisten gracias a los flujos de energía y a los intercambios químicos. Muchos dependen, directa o indirectamente, de la luz solar; otros aprovechan fuentes de energía química. Los organismos mantienen su organización interna mientras liberan calor y residuos a su entorno. Esto explica por qué el orden biológico no es una imposibilidad termodinámica. No explica todas las características moleculares de un organismo, del mismo modo que la disponibilidad de combustible no explica todas las características de un motor. El suministro de energía es necesario para muchos procesos, pero no explica por completo su organización.

    La diferencia entre un patrón de convección y una célula viva sigue siendo importante desde el punto de vista científico. La regularidad por sí sola no garantiza una herencia fiable, un metabolismo coordinado ni una función adaptativa. Por eso, los investigadores estudian cómo la autoorganización podría interactuar con la formación de compartimentos, la catálisis y la selección. No hay ninguna regla general demostrada que diga que un gradiente de energía produzca inevitablemente vida. Del mismo modo, no hay ningún principio establecido que impida que la complejidad funcional surja a través de procesos físicos que interactúan entre sí. La pregunta adecuada se refiere a las capacidades y limitaciones de mecanismos concretos en condiciones identificables.

    A un nivel más profundo, todas estas explicaciones se basan en leyes físicas. Preguntarse por qué se cumplen esas leyes es legítimo, pero su uso no convierte las explicaciones en circulares o vacías. Una teoría sobre la lluvia puede explicar una tormenta sin explicar por qué existe la materia. Del mismo modo, la termodinámica puede explicar flujos organizados sin explicar la fuente última de la regularidad. Llamar a las leyes «diseñador oculto» añade una interpretación que las ecuaciones en sí mismas no contienen. El orden tiene orígenes naturales demostrables. Sigue sin estar claro si las regularidades más profundas de la realidad requieren una explicación adicional, pero esa pregunta no puede borrar lo que hemos aprendido sobre cómo se forman y perduran los patrones.

     

    Hay un Creador

    Un Creador puede parecer que ofrece lo que las explicaciones físicas dejan sin resolver: una explicación de por qué existe el mundo en primer lugar. Las versiones filosóficas más sólidas no imaginan a un artesano poderoso en algún lugar del espacio. Proponen un fundamento necesario de la existencia contingente, algo cuya realidad no depende de nada más. Esto merece ser tenido en cuenta. Sin embargo, identificar una ambición explicativa es solo el principio. Debemos preguntarnos si el argumento establece sus premisas, si su conclusión se deduce de ellas y cuánto contenido justifica realmente esa conclusión.

    Los argumentos cosmológicos difieren entre sí. El «motor inmóvil» de Aristóteles se refiere a la explicación del movimiento y el cambio; el razonamiento de Tomás de Aquino incluye una dependencia que no tiene por qué ser simplemente una secuencia de acontecimientos anteriores. Los argumentos leibnizianos hacen hincapié en la razón suficiente y la contingencia. Tratarlos como un único argumento sobre el primer instante del tiempo oscurece sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Un universo eterno no respondería automáticamente a un argumento sobre la dependencia actual. Por el contrario, la evidencia de una historia cósmica finita no establecería automáticamente el ser necesario propuesto por un argumento sobre la contingencia.

    El principio de razón suficiente ofrece una vía influyente: la realidad contingente requiere una explicación, y la explicación descansa en última instancia en algo necesario. Su fuerza depende de qué se considera contingente, qué hechos requieren explicaciones y si la cadena explicativa debe tener un final. Se trata de compromisos filosóficos. El hecho de que el universo parezca capaz de ser diferente no demuestra que la realidad en su conjunto pudiera no haber existido. Tampoco nuestra incapacidad para deducir su necesidad demuestra la contingencia. Las afirmaciones modales se refieren a la posibilidad y la necesidad, no solo a los límites de la imaginación.

    Un fundamento necesario también necesitaría más argumentos antes de convertirse en creador. ¿Por qué la explicación debería ser una mente en lugar de una estructura impersonal o algún tipo de realidad que aún no conocemos? ¿Por qué debería elegir entre posibilidades? Si existe necesariamente pero crea libremente este universo, ¿qué explica esa elección? Estas preguntas no refutan la propuesta. Muestran que nombrar a un ser necesario no cierra todas las lagunas explicativas. Una explicación satisfactoria debe aclarar en qué se diferencia su punto de parada del hecho bruto que rechaza.

    La parsimonia no puede resolver la cuestión contando sustantivos. Un ser divino podría ser metafísicamente más simple en el marco de una teoría desarrollada, al tiempo que conlleva amplios compromisos sobre el conocimiento, el poder, la intención y la capacidad causal. Varios componentes físicos podrían dar lugar a un modelo explicativo más económico si se respaldaran de forma independiente. Del mismo modo, la comparación bayesiana requiere hipótesis específicas, priores justificadas y pruebas de que predicen de forma diferente. La ignorancia no proporciona automáticamente una probabilidad del 50 %, y el mero hecho de que exista una hipótesis del creador no la hace preferible a todas las alternativas.

    La conclusión responsable es, por tanto, limitada. Un Creador sigue siendo una propuesta filosófica cuya justificación depende de argumentos controvertidos y de interpretaciones adicionales. Su ausencia en un modelo científico no demuestra su inexistencia. Su compatibilidad con preguntas sin respuesta no demuestra su existencia. Podemos reconocer la seriedad de la explicación última sin por ello dar nuestro asentimiento a una respuesta concreta. Esa postura deja la cuestión abierta a la investigación sin convertir nuestra necesidad de inteligibilidad en una prueba de que la realidad deba satisfacerla a través de un agente creador personal.

     

    Un Creador está atento a tus peticiones

    Incluso si se demostrara la existencia de un Creador, la cuestión de la oración seguiría en pie. El origen de la existencia no es necesariamente alguien que escucha. Alguien que escucha no tiene por qué preocuparse por las peticiones humanas, y esa preocupación no garantiza que vaya a intervenir. Cada paso supone algo más: conciencia, comprensión, interés, voluntad y poder ejercido en determinadas circunstancias. La distancia importa porque un argumento que respalda una proposición no puede simplemente transferir su autoridad a todas las demás. Un fundamento para la realidad no viene acompañado de una política para responder a las peticiones.

    A esta transición se la suele llamar «problema de identificación». Describirla como un error de categoría automático es ir demasiado lejos, porque un fundamento metafísico y un ser personal no son necesariamente descripciones incompatibles. Los teístas clásicos han desarrollado argumentos que relacionan la existencia necesaria con el intelecto, la voluntad y la providencia. Esos argumentos merecen ser evaluados por sí mismos. La objeción más concreta ya es suficiente: el mero razonamiento cosmológico no demuestra que una oración llegue a un agente receptivo. Se necesitan más premisas y pruebas, independientemente del vocabulario filosófico que usemos.

    Los relatos de oraciones contestadas ofrecen una posible fuente de evidencia, pero se enfrentan a dificultades. La gente suele rezar cuando los resultados son inciertos, es posible que haya una mejoría y hay muchos factores influyendo. Una recuperación tras la oración puede ser significativa sin que se sepa qué factor la provocó. La memoria selectiva puede conservar los éxitos mientras oculta las decepciones. Para evaluar una afirmación de intervención, necesitamos una explicación de lo que probablemente habría pasado sin la oración, junto con criterios que no cambien una vez que se conozca el resultado.

    Los estudios controlados pueden abordar versiones limitadas y medibles de tales afirmaciones. El ensayo STEP examinó la oración de intercesión asignada a pacientes sometidos a una cirugía de bypass coronario y no encontró ninguna mejora en la recuperación sin complicaciones atribuible a esa intervención. Esto no demuestra que ningún ser escuche las oraciones. Lo que hace es poner a prueba una intervención concreta en condiciones específicas. Una deidad no tiene por qué comportarse como un tratamiento con un efecto predecible. Pero si esa respuesta elimina toda expectativa que las observaciones pudieran cuestionar, la afirmación también pierde esas observaciones como confirmación empírica.

    La oración puede seguir afectando a quien reza a través de la atención, la regulación emocional, la reflexión o un sentido de conexión. La oración compartida puede proporcionar apoyo social. Estas posibilidades tienen que ver con actividades y relaciones humanas; su valor no demuestra por sí solo que haya comunicación con un destinatario sobrenatural. Por el contrario, explicar algunos beneficios a través de mecanismos comunes no tiene por qué invalidar la experiencia de quien la practica. Podemos distinguir la importancia de una experiencia de la interpretación causal que se le atribuye. El respeto por una persona no implica tratar todas las interpretaciones como si estuvieran igualmente demostradas.

    ¿Qué podemos concluir, entonces? Ni la existencia cósmica ni la complejidad biológica demuestran que alguien esté esperando nuestras peticiones. Los compromisos religiosos pueden aportar una narrativa adicional, pero esa narrativa conlleva sus propias obligaciones probatorias. La respuesta prudente mantiene la diferencia entre la posibilidad y la expectativa justificada. La gente puede tener la esperanza de que se le escuche, al tiempo que reconoce que esa esperanza va más allá del conocimiento establecido. Mientras tanto, las peticiones que nos hacemos unos a otros tienen destinatarios y consecuencias. Sea cual sea el fundamento último de la realidad, la capacidad de respuesta humana sigue siendo algo que podemos observar, cultivar y de lo que podemos hacernos responsables en las vidas que compartimos.

     

    Coda

    Empezamos con la existencia y la tentación de convertir el asombro en una respuesta. En cambio, hemos encontrado varias preguntas, cada una con sus propios criterios. El origen del universo, la aparición de la vida, el desarrollo de las funciones biológicas y la formación de patrones físicos pertenecen a líneas de investigación distintas. La propuesta de un Creador introduce otro nivel de explicación. Un Creador que escucha las peticiones añade aún más atributos. Para entender sus relaciones hay que resistirse a la tentación de resolverlo todo con una sola frase dramática.

    «La nada lo creó todo» resultó ser una descripción poco fiable de la cosmología. El universo observado tiene una historia evolutiva, mientras que su origen absoluto sigue sin estar claro. Los vacíos físicos y las condiciones de contorno matemáticas no son la no-existencia absoluta. La creación clásica a partir de la nada, tal y como se entiende, propone un agente que actúa sin materia, en lugar de que la nada actúe como agente. Por lo tanto, hemos aclarado las afirmaciones contradictorias sin pretender que ni un modelo físico ni una formulación teológica hayan dado una respuesta indiscutible a por qué existe la realidad.

    «La no-vida dio lugar a la vida» identificó un problema de investigación con componentes accesibles experimentalmente. Sabemos que la química puede producir ingredientes y realizar funciones relevantes para la organización biológica primitiva. No disponemos de una vía completa y históricamente establecida desde la química planetaria hasta los primeros organismos en evolución. Esta incompletitud es importante. Sin embargo, no establece una imposibilidad de principio ni aporta pruebas a favor de una alternativa sobrenatural concreta. Los próximos avances vendrán de conectar mecanismos en condiciones compatibles y descubrir qué vías resisten pruebas exigentes.

    «El azar condujo a la precisión» nos obligó a sustituir una lotería por una explicación basada en la variación limitada, la herencia y la reproducción diferencial. Los cálculos de probabilidad son útiles cuando representan el proceso que se está evaluando. Resultan engañosos cuando sustituyen una historia acumulativa por el ensamblaje instantáneo de un resultado moderno elegido. «El caos creó el orden» exigió cuidado con las definiciones y la termodinámica. Las estructuras organizadas pueden surgir a través de interacciones regidas por leyes y flujos de energía, aunque explicar un patrón simple no explica automáticamente una célula viva.

    La propuesta del Creador sigue siendo evaluable desde el punto de vista filosófico, y sus conclusiones dependen de premisas sobre la contingencia, la explicación y la necesidad. No dar tu consentimiento no implica demostrar que todas esas propuestas sean falsas. Tampoco aceptar un fundamento necesario identifica automáticamente a un ser personal. La oración añade preguntas sobre la agencia, la comunicación, la evidencia y la interpretación que el razonamiento cosmológico por sí solo no puede responder. Las experiencias de consuelo pueden ser reales, aunque su origen último siga siendo objeto de debate. Reconocer esa distinción permite tanto la honestidad intelectual como prestar atención a lo que esas experiencias significan para las personas.

    Lo que queda por resolver incluye el régimen físico más primitivo, el origen de la herencia biológica fiable, los fundamentos de la ley natural y la posibilidad de una explicación última. Son tareas inconclusas. No sitúan todas las conjeturas en el mismo plano, porque algunas teorías ya explican las observaciones, guían los experimentos y resisten las correcciones con más éxito que otras. Nuestra ignorancia tiene una estructura, igual que nuestro conocimiento. No hace falta que reduzcamos el universo al entenderlo, ni que llenemos cada incertidumbre de intención. Podemos enfrentarnos a sus preguntas sin respuesta con curiosidad, criterio disciplinado y la disposición a descubrir que la realidad difiere de lo que esperábamos o deseábamos.

     

    18 de octubre de 2026

     

  • ¿Son los EEUUA una plutocracia?

    Sí. Definitivamente.

    Los Estados Unidos de América son una plutocracia, aunque no la de la caricatura. No hay un consejo secreto de magnates que se reúna para elegir presidentes, ni las elecciones son puro teatro. Sí hay un sistema en el que la riqueza concentrada fija de forma sistemática los límites de lo que se puede decidir. Ese sistema también protege esa riqueza frente a las mayorías que podrían reducirla, y lo hace por medio de las instituciones, no a pesar de ellas. Afirmar esto no requiere ninguna conspiración. Basta con mirar cómo funciona la política estadounidense.

    Primero hay que definir el término, porque buena parte de la confusión viene de ahí. Aristóteles ya distinguía la oligarquía de la democracia por el principio que gobierna, no por cuántos gobiernan: hay oligarquía donde se manda en razón de la riqueza, sean pocos o muchos los que mandan (Aristóteles, ca. 350 a. C./1988). Plutocracia no quiere decir control total ni eterno. Quiere decir que la riqueza es la fuente dominante de poder político. Si se exige que los ricos ganen todas las votaciones, controlen todos los tribunales y anulen toda competencia electoral, se fija un estándar que ningún régimen de la historia cumpliría, ni siquiera las oligarquías declaradas. Jeffrey Winters (2011) propone una definición más útil: la oligarquía es la política de defensa de la riqueza. En una “oligarquía civil” como la estadounidense, los muy ricos no necesitan armas ni golpes de Estado. Les basta con una industria de abogados, contadores y cabilderos que protege sus fortunas mientras el resto del sistema sigue funcionando con normalidad aparente.

    Con esa definición, la evidencia es abundante. Gilens y Page (2014) analizaron cerca de 1,800 decisiones de política pública. Encontraron que las preferencias de las élites económicas y de los grupos empresariales organizados tienen un impacto independiente considerable, mientras que las del ciudadano promedio tienen un efecto cercano a cero. Algunos críticos responden que los ricos y la clase media suelen querer lo mismo (Enns, 2015). La respuesta es reveladora: cuando las preferencias coinciden, el ciudadano común gana por casualidad, y cuando chocan, por lo general pierde. Bartels (2016) encontró que los senadores responden a sus votantes de altos ingresos y casi nada a los del tercio inferior. Ferguson et al. (2016) documentaron una relación casi lineal entre la proporción de dinero gastado y la proporción de votos obtenidos en las elecciones al Congreso de 1980 a 2014. Bonica et al. (2013) mostraron que el 0.01% más rico de la población en edad de votar pasó de aportar alrededor del 10% de las contribuciones de campaña en 1980 a más del 40% en 2012. En 2024, el cabildeo federal rompió su récord con 4,400 millones de dólares (OpenSecrets, 2025a), y el ciclo electoral costó cerca de 15,000 millones (OpenSecrets, 2025b).

    Uno de los argumentos más comunes en defensa del sistema dice que los ricos pagan la mayor parte de los impuestos y por eso es natural que tengan voz. Este argumento merece atención porque, mirado de cerca, termina dándole la razón a la tesis contraria. Es cierto que el 1% con mayores ingresos aporta una parte desproporcionada del impuesto federal sobre los ingresos. Pero ese impuesto es apenas una parte del sistema. Los impuestos sobre la nómina, los impuestos sobre las ventas y muchos impuestos estatales y locales pesan más, en proporción, sobre los trabajadores. Saez y Zucman (2019) calcularon que en 2018 las 400 familias más ricas del país pagaron una tasa efectiva total menor que la de la mitad más pobre de la población. ProPublica, con datos filtrados del IRS, mostró que los 25 estadounidenses más ricos pagaron entre 2014 y 2018 una “tasa real” de 3.4% sobre el crecimiento de su riqueza (Eisinger et al., 2021). Las ganancias de capital no realizadas casi nunca se gravan, y el 1% más rico concentra alrededor del 30% de la riqueza de los hogares (Board of Governors of the Federal Reserve System, 2025). Además, el argumento tiene un problema de fondo. Sostener que quien más aporta al fisco debe pesar más en la vida pública es justamente el principio plutocrático. Es la lógica del voto censitario del siglo XIX, que las democracias modernas abolieron con mucho esfuerzo. Que hoy se presente como sentido común dice bastante.

    Se dirá que en las urnas todos valen lo mismo: el millonario tiene un voto y la trabajadora de una empacadora en el Valle Central también. Es cierto, y es valioso. Pero el voto es el último paso de un proceso largo, y los pasos anteriores no son iguales para todos. Antes de que un ciudadano vea su boleta, ya se celebró la “primaria invisible”: la ronda de recaudación en la que los donantes deciden qué candidatos son viables. Carnes (2018) muestra que las personas de clase trabajadora rara vez llegan siquiera a postularse, porque una campaña competitiva exige un capital o unas redes que casi nadie tiene. La mayoría de los miembros del Congreso son millonarios. El voto es igual, pero el menú lo escriben otros. Hace más de sesenta años, Schattschneider (1960) lo resumió así: el defecto del cielo pluralista es que el coro celestial canta con un marcado acento de clase alta.

    La participación electoral confirma lo mismo. Que dos de cada tres ciudadanos en edad de votar hayan acudido a las urnas en 2024 suena bien. Pero las personas de familias con ingresos de 150,000 dólares o más eran el 24.8% de la población ciudadana de la muestra y el 29.7% de quienes votaron. Los de menos de 50,000 dólares, en cambio, estuvieron subrepresentados (U.S. Census Bureau, 2026). Y votar es la forma más barata de participar. En las donaciones, el contacto con funcionarios y el activismo organizado, la brecha de clase es mucho mayor (Schlozman et al., 2012). Explicar esa brecha diciendo que participar cuesta tiempo, información y organización no la justifica. Más bien describe el mecanismo: si participar requiere recursos, la participación se reparte como se reparten los recursos.

    Otra explicación sostiene que, cuando la gente vive razonablemente bien, prefiere pagar sus cuentas y criar a sus hijos antes que marchar o ir a un debate de tres horas. Hay algo de verdad en eso, pero el diagnóstico es incompleto. Mucha gente no marcha porque trabaja dos empleos, porque no tiene quién le cuide a los niños o porque aprendió que protestar no cambia nada. Gaventa (1980) llamó a esto quiescencia: la pasividad que nace de derrotas repetidas, no de la satisfacción. Los sindicatos, que históricamente le daban a los trabajadores tiempo, información y organización, representan hoy apenas al 9.9% de los asalariados (U.S. Bureau of Labor Statistics, 2025). Un descontento que no se convierte en movilización no prueba que el sistema funcione. Puede probar que el sistema ha logrado desmovilizar.

    También se dice con frecuencia que Estados Unidos es una excepción y que no sirve como modelo para entender otras democracias. Es cierto, pero eso no debilita el argumento. La desigualdad en la capacidad de respuesta política también aparece en democracias más igualitarias, como Alemania (Elsässer et al., 2021). Lo que hace excepcional a Estados Unidos es la escala: un régimen de financiamiento de campañas casi sin límites que convierte una tendencia común de las democracias capitalistas en un rasgo estructural.

    La teoría de la elección pública, con sus beneficios concentrados y sus costos dispersos, merece una lectura más honesta de la que suele recibir. Mancur Olson (1965) explicó que los grupos pequeños y con mucho en juego se organizan mejor que las mayorías difusas. George Stigler (1971), que no era precisamente un hombre de izquierda, concluyó que la regulación suele terminar al servicio de la industria regulada. Llevada hasta el final, esa lógica no apunta a los beneficiarios de los programas sociales. Apunta a quienes tienen los intereses más concentrados y los bolsillos más hondos. Los subsidios más grandes y menos visibles del país no son los cupones de alimentos. Son los beneficios fiscales: la tasa preferencial sobre las ganancias de capital, el tratamiento del carried interest, la base ajustada en las herencias y las deducciones que benefician sobre todo a los hogares de mayores ingresos. Mettler (2011) los llamó el “Estado sumergido”: políticas que transfieren recursos hacia arriba mientras sus beneficiarios creen que no reciben nada del gobierno. La cadena en la que una intervención crea un grupo dependiente que exige nuevas intervenciones existe, sin duda. Sus eslabones más sólidos, sin embargo, son el rescate bancario de 2008, los subsidios agrícolas que van mayoritariamente a grandes productores y las exenciones que sobreviven gobierno tras gobierno. En la práctica, Washington no subsidia lo que deja de moverse. Subsidia lo que es suficientemente grande.

    Hay una vieja ironía según la cual la política consiste en sacarle dinero a los ricos y votos a los pobres con la promesa de proteger a unos de otros. Conviene preguntar quién fija la agenda en ese intercambio. Bachrach y Baratz (1962) llamaron “no decisiones” a los asuntos que nunca llegan a votarse, y Lukes (2005) describió una tercera dimensión del poder que moldea incluso lo que la gente cree posible o deseable. Una opción pública de salud, un impuesto a la riqueza o el fin del trato privilegiado al carried interest han tenido apoyo popular en distintos momentos. Ninguna llegó a la mesa con posibilidades reales, gobernara quien gobernara.

    Luego está el argumento de que los grandes donantes pierden a menudo, como cuando Donald Trump ganó dos elecciones pese a las enormes sumas gastadas por financistas progresistas. El ejemplo se vuelve en contra de quien lo usa. Trump es él mismo un multimillonario. En 2024, Elon Musk, el hombre más rico del mundo, gastó 277 millones de dólares para apoyarlo a él y a otros candidatos republicanos (Ingram y Reilly, 2024), y el gabinete que siguió incluyó a varios multimillonarios. Que una fortuna derrote a otra no derrota a la plutocracia: es la plutocracia en funcionamiento. Ferguson (1995) lo explicó con su “teoría de la inversión”: los partidos compiten por coaliciones de grandes inversionistas, y las elecciones deciden cuál de esas coaliciones gobierna. En 2016, Clinton recaudó más, ganó Trump, y uno de los principales resultados legislativos fue una reforma fiscal que bajó la tasa corporativa del 35% al 21%. Los donantes perdieron la elección, pero los dueños del capital ganaron la política.

    Es cierto que los ricos no forman un bloque homogéneo. Discrepan sobre el aborto, la inmigración y el clima. Pero Page et al. (2013) encontraron que, en impuestos, regulación y gasto social, los muy ricos son bastante más conservadores que el público y notablemente coherentes entre sí. Pelean por todo menos por lo que Winters (2011) considera esencial: la defensa de la riqueza. Se puede ser plutocracia y estar dividida en todo lo demás.

    Por eso tampoco convence la idea de que el federalismo, los tribunales y los partidos funcionan como contrapesos que harían imposible una plutocracia. Esas instituciones han sido muchas veces los canales por los que el dinero llegó al poder. La Corte Suprema equiparó el gasto con la libertad de expresión en Buckley v. Valeo (1976), abrió la puerta al gasto corporativo ilimitado en Citizens United v. FEC (2010) y eliminó los topes agregados de contribución en McCutcheon v. FEC (2014). Un tribunal federal de apelaciones creó en la práctica los súper PAC en SpeechNow.org v. FEC (2010). En cuanto al federalismo, Hertel-Fernandez (2019) documenta cómo redes como ALEC llevaron a decenas de legislaturas estatales proyectos de ley redactados de antemano con financiamiento corporativo. Hacker y Pierson (2010) muestran algo más difícil de ver: la “deriva”, es decir, normas que se quedan obsoletas a propósito porque los intereses organizados bloquean su actualización. Una plutocracia moderna no neutraliza las instituciones. Las ocupa.

    Queda la objeción moral: que describir la política como una lucha por capturar el poder es cinismo y que el cinismo convierte al ciudadano en recurso electoral. Ocurre exactamente lo contrario. El cínico no es quien nombra la plutocracia, sino quien la da por normal y concluye que no hay nada que hacer. Las reformas que hicieron más democrático a este país vinieron de gente que se atrevió a decir que el dinero mandaba. Theodore Roosevelt denunció a los “malhechores de gran riqueza” en 1907, el mismo año de la Ley Tillman. Después vinieron la elección directa de senadores, el impuesto federal sobre los ingresos y las leyes laborales del New Deal. Wolin (2008) advirtió que el riesgo de nuestra época es una “democracia administrada”, en la que los procedimientos formales siguen intactos mientras el poder real se desplaza hacia el capital corporativo. Y si alguien convierte al ciudadano en recurso, es precisamente el sistema plutocrático: los pobres son audiencia para la publicidad, los trabajadores son costos y los votantes son datos que se compran a firmas de consultoría.

    La política existe porque personas con intereses distintos necesitan vivir juntas, y su tarea es crear reglas que permitan resolver los conflictos sin guerra permanente. En eso hay acuerdo total. El problema es que, en Estados Unidos, esas reglas las escribe de manera desproporcionada una minoría muy pequeña. Hacen falta instituciones capaces de contener la corrupción, el amiguismo y la captura regulatoria, desde luego. Pero no se puede encomendar esa tarea a las mismas instituciones que esa minoría ha moldeado durante cincuenta años sin antes reconocer que han sido moldeadas.

    El dinero no compra el voto de una sociedad para siempre. No lo necesita. Le basta con comprar el menú, influir en el árbitro y escribir las reglas, una y otra vez, mientras las elecciones deciden cuál de sus opciones gobierna. A eso se le llama plutocracia, aunque tenga elecciones.


    Bibliografía

    Aristóteles. (1988). Política (M. García Valdés, Trad.). Gredos. (Obra original escrita ca. 350 a. C.)

    Bachrach, P., y Baratz, M. S. (1962). Two faces of power. American Political Science Review, 56(4), 947–952.

    Bartels, L. M. (2016). Unequal democracy: The political economy of the new gilded age (2.ª ed.). Princeton University Press.

    Board of Governors of the Federal Reserve System. (2025). Distributional financial accounts of the United States. https://www.federalreserve.gov/releases/z1/dataviz/dfa/

    Bonica, A., McCarty, N., Poole, K. T., y Rosenthal, H. (2013). Why hasn’t democracy slowed rising inequality? Journal of Economic Perspectives, 27(3), 103–124.

    Buckley v. Valeo, 424 U.S. 1 (1976).

    Carnes, N. (2018). The cash ceiling: Why only the rich run for office, and what we can do about it. Princeton University Press.

    Citizens United v. Federal Election Commission, 558 U.S. 310 (2010).

    Eisinger, J., Ernsthausen, J., y Kiel, P. (2021, 8 de junio). The secret IRS files: Trove of never-before-seen records reveal how the wealthiest avoid income tax. ProPublica. https://www.propublica.org/article/the-secret-irs-files-trove-of-never-before-seen-records-reveal-how-the-wealthiest-avoid-income-tax

    Elsässer, L., Hense, S., y Schäfer, A. (2021). Not just money: Unequal responsiveness in egalitarian democracies. Journal of European Public Policy, 28(12), 1890–1908.

    Enns, P. K. (2015). Relative policy support and coincidental representation. Perspectives on Politics, 13(4), 1053–1064.

    Ferguson, T. (1995). Golden rule: The investment theory of party competition and the logic of money-driven political systems. University of Chicago Press.

    Ferguson, T., Jorgensen, P., y Chen, J. (2016). How money drives US congressional elections (Working Paper No. 48). Institute for New Economic Thinking. https://www.ineteconomics.org/research/research-papers/how-money-drives-us-congressional-elections

    Gaventa, J. (1980). Power and powerlessness: Quiescence and rebellion in an Appalachian valley. University of Illinois Press.

    Gilens, M., y Page, B. I. (2014). Testing theories of American politics: Elites, interest groups, and average citizens. Perspectives on Politics, 12(3), 564–581.

    Hacker, J. S., y Pierson, P. (2010). Winner-take-all politics: How Washington made the rich richer, and turned its back on the middle class. Simon & Schuster.

    Hertel-Fernandez, A. (2019). State capture: How conservative activists, big businesses, and wealthy donors reshaped the American states, and the nation. Oxford University Press.

    Ingram, J., y Reilly, S. (2024, 6 de diciembre). Elon Musk spends $277 million to back Trump and Republican candidates. CBS News. https://www.cbsnews.com/news/elon-musk-277-million-trump-republican-candidates-donations/

    Lukes, S. (2005). Power: A radical view (2.ª ed.). Palgrave Macmillan.

    McCutcheon v. Federal Election Commission, 572 U.S. 185 (2014).

    Mettler, S. (2011). The submerged state: How invisible government policies undermine American democracy. University of Chicago Press.

    Olson, M. (1965). The logic of collective action: Public goods and the theory of groups. Harvard University Press.

    OpenSecrets. (2025a). Federal lobbying set new record in 2024. https://www.opensecrets.org/news/2025/02/federal-lobbying-set-new-record-in-2024/

    OpenSecrets. (2025b). Cost of election. https://www.opensecrets.org/elections-overview/cost-of-election

    Page, B. I., Bartels, L. M., y Seawright, J. (2013). Democracy and the policy preferences of wealthy Americans. Perspectives on Politics, 11(1), 51–73.

    Saez, E., y Zucman, G. (2019). The triumph of injustice: How the rich dodge taxes and how to make them pay. W. W. Norton.

    Schattschneider, E. E. (1960). The semisovereign people: A realist’s view of democracy in America. Holt, Rinehart and Winston.

    Schlozman, K. L., Verba, S., y Brady, H. E. (2012). The unheavenly chorus: Unequal political voice and the broken promise of American democracy. Princeton University Press.

    SpeechNow.org v. Federal Election Commission, 599 F.3d 686 (D.C. Cir. 2010).

    Stigler, G. J. (1971). The theory of economic regulation. Bell Journal of Economics and Management Science, 2(1), 3–21.

    U.S. Bureau of Labor Statistics. (2025). Union members, 2024 [Comunicado de prensa]. https://www.bls.gov/news.release/union2.nr0.htm

    U.S. Census Bureau. (2026). Voting and registration in the election of November 2024 (Current Population Reports P20-590). https://www2.census.gov/library/publications/2026/demo/p20-590.pdf

    Winters, J. A. (2011). Oligarchy. Cambridge University Press.

    Wolin, S. S. (2008). Democracy incorporated: Managed democracy and the specter of inverted totalitarianism. Princeton University Press.


  • Respuesta a «Democracia vs. Dictadura: El Papel del Odio»

    Artículo original

    El texto original presenta el marxismo-leninismo como una doctrina política cuya función esencial consiste en transformar el descontento económico en resentimiento, el resentimiento en odio y el odio en poder autoritario. A partir de esta premisa, construye una oposición más amplia entre capitalismo democrático y dictadura socialista. El problema de este enfoque no es que los crímenes históricos de los regímenes comunistas sean imaginarios. No lo son. El problema es que convierte una experiencia histórica concreta del socialismo autoritario en explicación general del socialismo, mientras trata las estructuras coercitivas, ideológicas y distributivas de las sociedades capitalistas como fenómenos secundarios o accidentales.

    La afirmación de que el marxismo está fundamentalmente diseñado para enfurecer a los asalariados confunde la existencia de un agravio con la explotación política de ese agravio. Los trabajadores no necesitan ser adoctrinados para percibir diferencias reales de poder de negociación, propiedad, salario, condiciones laborales o seguridad económica. Una ideología puede manipular esas experiencias, pero la existencia de manipulación no demuestra que el conflicto subyacente sea ficticio. La historia económica muestra que la distribución de la riqueza depende profundamente de instituciones que regulan la propiedad, la fiscalidad, la herencia, la educación y la participación política. La desigualdad no es simplemente una emoción inculcada desde fuera, sino también el resultado de decisiones jurídicas e institucionales concretas. [Piketty]

    El mismo reparo surge desde la economía institucional. Los mercados no funcionan en un vacío natural separado de la política. Dependen de leyes sobre corporaciones, relaciones laborales, propiedad intelectual, quiebras, tributación, competencia, sistema financiero y derechos de propiedad. Cuando los trabajadores pierden capacidad de negociación o cuando empresas con poder monopólico obtienen rentas extraordinarias, llamar a ese proceso “explotación” puede ser discutible como término normativo, pero la cuestión distributiva no desaparece. Lo relevante es analizar si determinadas instituciones permiten que algunos actores posean una capacidad sistemáticamente mayor para apropiarse de los beneficios de la actividad económica. [Stiglitz]

    El texto original reduce además el análisis de clase a una incitación contra un “enemigo de clase” fabricado. Sin embargo, la concentración del poder económico es observable incluso si se rechaza por completo la teoría marxista. Puede existir sufragio universal al mismo tiempo que grandes corporaciones, patrimonios privados, donantes, conglomerados mediáticos y propietarios concentrados ejercen una influencia desproporcionada sobre la agenda pública. La libertad política, por tanto, no puede medirse únicamente por la existencia de elecciones. También exige estudiar quién posee los recursos materiales para definir qué opciones políticas parecen realistas y cuáles quedan fuera del debate aceptable. [Chomsky]

    Por esa razón, la discusión sobre la propaganda resulta incompleta. El argumento original presupone que la propaganda funciona principalmente desde abajo, mediante discursos revolucionarios que enardecen a las masas. Sin embargo, también puede operar desde instituciones dominantes que seleccionan temas, jerarquizan voces, determinan qué supuestos se presentan como razonables y limitan el espectro de opciones consideradas legítimas. La censura estatal directa y la estructuración privada del espacio público no son equivalentes, pero ambas obligan a preguntar quién posee la capacidad práctica de amplificar unas ideas y marginar otras. [Chomsky]

    El meme descrito en el texto ilustra otra debilidad del argumento. Es cierto que representar a los capitalistas como sujetos que venden a los trabajadores aquello que ellos mismos producen y luego absorben el resto de sus ingresos mediante el alquiler constituye una simplificación caricaturesca. Pero que la caricatura sea pobre no demuestra que toda crítica a la extracción de rentas sea ilusoria. Existe una diferencia entre la inversión productiva y la obtención de ingresos mediante posiciones monopólicas, propiedad de la tierra, derechos financieros, endeudamiento o control de infraestructuras esenciales. Un sistema económico puede permitir que una parte creciente de los ingresos fluya hacia propietarios y acreedores sin que ello implique necesariamente una expansión proporcional de la capacidad productiva. [Hudson]

    La vivienda muestra el problema con especial claridad. Un trabajador no necesita adoptar una teoría marxista para experimentar que una fracción creciente de su salario se destina al alquiler, a la hipoteca o al servicio de la deuda. Cuando los precios del suelo y de la vivienda aumentan en parte por la expansión del crédito, una parte cada vez mayor del ingreso de los hogares puede desplazarse hacia propietarios y entidades financieras. Este fenómeno puede analizarse mediante datos sobre precios, deuda, propiedad e ingreso familiar. Señalarlo no equivale necesariamente a promover odio contra los propietarios. Puede ser simplemente economía política. [Hudson]

    El texto ofrece además una definición excesivamente estrecha del socialismo. Lo presenta como un sistema en el cual el Estado posee los medios de producción, todos trabajan para él y este se encarga de la manutención general de la población. Esa imagen identifica el socialismo en su totalidad con la economía de mando de determinados regímenes del siglo XX. Entre un capitalismo prácticamente desregulado y la propiedad estatal integral existe, sin embargo, un amplio abanico institucional: cooperativas, empresas públicas, servicios universales, propiedad municipal, cogestión, seguros sociales, fondos soberanos, sistemas tributarios progresivos y economías mixtas. [Piketty]

    Tampoco existe una oposición absoluta entre mercado y Estado. Los mercados pueden generar innovación, coordinación y eficiencia, pero también monopolio, información asimétrica, externalidades y desequilibrios de poder contractual. Una empresa pública puede funcionar mal, pero un monopolio privado también puede hacerlo mientras obtiene beneficios de usuarios que carecen de alternativas. La pregunta relevante no es simplemente quién posee una empresa, sino qué mecanismos de control, competencia, rendición de cuentas e incentivos existen en cada caso. [Stiglitz]

    El argumento original es más sólido cuando condena a la policía política, la censura y la eliminación de la oposición. Ninguna lectura seria de los seis autores considerados obliga a justificar el terror estalinista, la Stasi o cualquier aparato de represión que destruya el pluralismo. El problema surge cuando esas instituciones se presentan como manifestaciones exclusivas de una lógica socialista. La cuestión puede formularse de modo más general: el peligro aparece cuando un poder soberano reclama la facultad de suspender protecciones jurídicas ordinarias en nombre de una emergencia, de la seguridad, de la estabilidad o de una necesidad histórica superior. [Agamben]

    Esta reformulación amplía considerablemente el campo del análisis. La excepcionalidad no necesita expresarse mediante el vocabulario de la lucha de clases. También puede justificarse mediante la seguridad nacional, el anticomunismo, la lucha contra el terrorismo, el nacionalismo, la religión, la ocupación colonial o la emergencia permanente. Una vez que se admite que determinadas circunstancias autorizan al poder a suspender derechos ordinarios, lo decisivo ya no es solamente la ideología que acompaña la suspensión, sino el hecho institucional de que el poder ha dejado de estar adecuadamente limitado. [Agamben]

    La crítica puede ampliarse todavía más cuando se examina quién recibe realmente la protección de la ley. La violencia política no puede comprenderse únicamente mediante la oposición entre Estados democráticos y Estados comunistas, porque regímenes constitucionales han coexistido históricamente con colonialismo, segregación, ocupación militar, desplazamiento forzado y exposición desigual a la violencia. El poder soberano también puede manifestarse en la capacidad de determinar qué poblaciones serán protegidas y cuáles pueden ser abandonadas, precarizadas, confinadas o expuestas a la muerte. [Mbembe]

    Desde esta perspectiva, el autoritarismo no se identifica únicamente preguntando si existen o no partidos de oposición. También es necesario preguntar qué grupos disfrutan efectivamente de los derechos proclamados por el sistema. Una sociedad puede celebrar elecciones, mantener tribunales y consagrar derechos constitucionales, mientras determinados sectores padecen una relación muy distinta con la policía, el encarcelamiento, la frontera, el desplazamiento o la precariedad económica. La democracia formal no elimina automáticamente todas las jerarquías de protección. [Mbembe]

    El texto original acierta, sin embargo, al señalar que la posibilidad de reemplazar pacíficamente a un gobierno constituye una diferencia institucional fundamental entre democracia y dictadura. Las elecciones competitivas, la libertad de asociación, la prensa independiente y la protección contra la detención arbitraria tienen una importancia enorme. Pero esas instituciones no agotan el significado de la democracia. Una concentración extrema de riqueza puede transformarse en concentración de influencia política mediante financiamiento, presión empresarial, acceso privilegiado, control mediático o capacidad de influir sobre la legislación. La igualdad formal del voto puede coexistir así con una desigualdad sustancial en la capacidad de configurar el entorno político. [Stiglitz] [Piketty]

    La misma distinción puede aplicarse al espacio comunicativo. La posibilidad jurídica de expresar una opinión no equivale a poseer una capacidad equivalente para hacerla llegar a millones de personas. Cuando el acceso masivo a la audiencia depende de instituciones fuertemente concentradas, la libertad de expresión y la igualdad de poder comunicativo dejan de ser sinónimos. Esto no convierte una sociedad pluralista en una dictadura ni hace equivalente una empresa mediática a un ministerio de censura. Sí obliga, en cambio, a distinguir entre el derecho abstracto a hablar y la capacidad efectiva de intervenir en la producción del sentido público. [Chomsky]

    El análisis se debilita especialmente cuando el texto abandona las estructuras y se concentra en caracterizaciones psicológicas de los adversarios. Hablar de un “complejo de superhéroe”, de fervor de cruzados o de una supuesta investidura divina puede resultar eficaz como retórica polémica, pero aporta poco a la explicación política. Las posiciones ideológicas se comprenden mejor si se estudian las coaliciones sociales que las sostienen, las experiencias históricas que las alimentan, las divisiones educativas y económicas que las atraviesan y los relatos mediante los cuales los distintos grupos interpretan su posición. [Piketty]

    El problema de la autosuficiencia moral tampoco pertenece exclusivamente a un campo político. Socialismo, liberalismo, nacionalismo, anticomunismo, movimientos religiosos y proyectos revolucionarios han producido, en momentos históricos diferentes, narrativas según las cuales sus partidarios representaban a la civilización frente a enemigos considerados esencialmente peligrosos. Un criterio de análisis consistente debería juzgar acciones comparables mediante estándares comparables, sin cambiar de criterio según quién las cometa. [Chomsky]

    La tesis geopolítica de un planeta dividido entre democracias y autocracias también requiere matices. La distinción es significativa. Un régimen que permite competencia electoral real, oposición, prensa crítica y alternancia pacífica difiere sustancialmente de otro que elimina esas posibilidades. Sin embargo, no se sigue de ello que todas las acciones emprendidas por una democracia posean automáticamente carácter democrático, ni que las relaciones internacionales puedan reducirse a una confrontación moral entre libertad y tiranía. También intervienen intereses estratégicos, asimetrías económicas, dependencia financiera, herencias coloniales, competencia por recursos y estructuras internacionales de propiedad. [Chomsky] [Mbembe] [Agamben] [Stiglitz] [Hudson] [Piketty]

    La alternativa al argumento original no consiste, por tanto, en defender el marxismo-leninismo. Consiste en rechazar la idea de que el socialismo autoritario y el capitalismo democrático agoten todas las posibilidades políticas. Se puede condenar el estalinismo sin concluir que toda crítica al capitalismo es una antesala del totalitarismo. Se puede defender la propiedad privada sin afirmar que toda renta derivada de la propiedad corresponde necesariamente a una contribución productiva equivalente. Se pueden valorar los mercados sin negar la existencia de monopolios, privilegios y rentas. Se puede defender la democracia sin reducirla al acto electoral. Se puede temer al Estado sin ignorar las concentraciones privadas de poder.

    Los seis autores considerados discrepan profundamente entre sí, pero sus trabajos permiten formular un principio metodológico común: el poder debe ser examinado allí donde se concentra. En Chomsky, ello incluye al Estado, las corporaciones, los medios y las estructuras imperiales.

    En Agamben, incluye la facultad soberana de suspender protecciones jurídicas ordinarias.

    En Mbembe, incluye la capacidad de exponer diferencialmente a ciertos grupos a la violencia, el abandono y la muerte.

    En Stiglitz, incluye el monopolio, la captura institucional y las reglas económicas que transforman ventajas iniciales en ventajas acumulativas.

    En Hudson, incluye a acreedores, monopolistas, propietarios de activos y estructuras financieras capaces de extraer rentas del resto de la economía.

    En Piketty, incluye los regímenes de propiedad y los sistemas ideológicos mediante los cuales la desigualdad se reproduce y justifica.

    Lo que finalmente resulta insuficiente en el texto original no es su condena de las dictaduras, sino su teoría de la dominación. Localiza la coerción principalmente en la ideología y, de manera desproporcionada, en una sola tradición ideológica. El enfoque conjunto de estos seis autores desplaza el problema hacia las instituciones. La libertad política depende de impedir que las concentraciones de poder se vuelvan irresponsables e incontestables, con independencia de que ese poder resida en un partido revolucionario, una burocracia de seguridad, una oligarquía financiera, una corporación monopólica, una administración colonial, una clase rentista o un gobierno constitucional.

    La oposición más fértil, por tanto, no es simplemente capitalismo contra socialismo, ni izquierda contra derecha. Es poder controlable contra poder incontestable, pluralismo contra dominación e instituciones abiertas a la disputa contra estructuras que convierten las condiciones sociales en hechos prácticamente inmodificables. Este criterio permite condenar al Estado policial sin idealizar el mercado, criticar la desigualdad económica sin justificar la represión política y defender las libertades democráticas sin suponer que la existencia de elecciones resuelve por sí sola todos los problemas del poder.

    ————————

    Bibliografía

    Agamben, Giorgio. Estado de excepción. Traducción de Flavia Costa e Ivana Costa. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2005.

    Agamben, Giorgio. Homo sacer I. El poder soberano y la nuda vida. Valencia: Pre-Textos, 1998.

    Chomsky, Noam. Hegemonía o supervivencia. La estrategia imperialista de Estados Unidos. Barcelona: Ediciones B, 2005.

    Chomsky, Noam. ¿Quién domina el mundo? Traducción de Javier Guerrero Gimeno. Barcelona: Ediciones B, 2016.

    Chomsky, Noam, y Edward S. Herman. Los guardianes de la libertad. Propaganda, desinformación y consenso en los medios de comunicación de masas. Barcelona: Crítica.

    Hudson, Michael. Matar al huésped. Cómo la deuda y los parásitos financieros destruyen la economía global. Traducción de Álvaro G. Ormaechea. Madrid: Capitán Swing, 2018.

    Mbembe, Achille. Necropolítica, seguido de Sobre el gobierno privado indirecto. Traducción y edición de Elisabeth Falomir Archambault. Santa Cruz de Tenerife: Melusina, 2011.

    Piketty, Thomas. El capital en el siglo XXI. Traducción de Eliane Cazenave-Tapie Isoard. México: Fondo de Cultura Económica, 2014.

    Piketty, Thomas. La crisis del capital en el siglo XXI. Crónicas de los años en que el capitalismo se volvió loco. México: Siglo XXI Editores, 2015.

    Stiglitz, Joseph E. El precio de la desigualdad. El 1 % de la población tiene lo que el 99 % necesita. Madrid: Taurus, 2012.

    Stiglitz, Joseph E. La gran brecha. Qué hacer con las sociedades desiguales. Madrid: Taurus, 2015.

    Stiglitz, Joseph E. El malestar en la globalización. Madrid: Taurus, 2002.

  • El Credo anotado

    2026-04-02 Jueves Santo

    ————————

    (more…)
  • ¿Quién soy?

    El meollo es cambiarte de saque esa sola pregunta («¿quién soy?») por otras cuatro, cada una de ellas derivada de lo que escribieron tres grandes pensadores de Occidente; y la última, de una escuela de pensamiento de Oriente.

    (more…)