
El texto original presenta el marxismo-leninismo como una doctrina política cuya función esencial consiste en transformar el descontento económico en resentimiento, el resentimiento en odio y el odio en poder autoritario. A partir de esta premisa, construye una oposición más amplia entre capitalismo democrático y dictadura socialista. El problema de este enfoque no es que los crímenes históricos de los regímenes comunistas sean imaginarios. No lo son. El problema es que convierte una experiencia histórica concreta del socialismo autoritario en explicación general del socialismo, mientras trata las estructuras coercitivas, ideológicas y distributivas de las sociedades capitalistas como fenómenos secundarios o accidentales.
La afirmación de que el marxismo está fundamentalmente diseñado para enfurecer a los asalariados confunde la existencia de un agravio con la explotación política de ese agravio. Los trabajadores no necesitan ser adoctrinados para percibir diferencias reales de poder de negociación, propiedad, salario, condiciones laborales o seguridad económica. Una ideología puede manipular esas experiencias, pero la existencia de manipulación no demuestra que el conflicto subyacente sea ficticio. La historia económica muestra que la distribución de la riqueza depende profundamente de instituciones que regulan la propiedad, la fiscalidad, la herencia, la educación y la participación política. La desigualdad no es simplemente una emoción inculcada desde fuera, sino también el resultado de decisiones jurídicas e institucionales concretas. [Piketty]
El mismo reparo surge desde la economía institucional. Los mercados no funcionan en un vacío natural separado de la política. Dependen de leyes sobre corporaciones, relaciones laborales, propiedad intelectual, quiebras, tributación, competencia, sistema financiero y derechos de propiedad. Cuando los trabajadores pierden capacidad de negociación o cuando empresas con poder monopólico obtienen rentas extraordinarias, llamar a ese proceso “explotación” puede ser discutible como término normativo, pero la cuestión distributiva no desaparece. Lo relevante es analizar si determinadas instituciones permiten que algunos actores posean una capacidad sistemáticamente mayor para apropiarse de los beneficios de la actividad económica. [Stiglitz]
El texto original reduce además el análisis de clase a una incitación contra un “enemigo de clase” fabricado. Sin embargo, la concentración del poder económico es observable incluso si se rechaza por completo la teoría marxista. Puede existir sufragio universal al mismo tiempo que grandes corporaciones, patrimonios privados, donantes, conglomerados mediáticos y propietarios concentrados ejercen una influencia desproporcionada sobre la agenda pública. La libertad política, por tanto, no puede medirse únicamente por la existencia de elecciones. También exige estudiar quién posee los recursos materiales para definir qué opciones políticas parecen realistas y cuáles quedan fuera del debate aceptable. [Chomsky]
Por esa razón, la discusión sobre la propaganda resulta incompleta. El argumento original presupone que la propaganda funciona principalmente desde abajo, mediante discursos revolucionarios que enardecen a las masas. Sin embargo, también puede operar desde instituciones dominantes que seleccionan temas, jerarquizan voces, determinan qué supuestos se presentan como razonables y limitan el espectro de opciones consideradas legítimas. La censura estatal directa y la estructuración privada del espacio público no son equivalentes, pero ambas obligan a preguntar quién posee la capacidad práctica de amplificar unas ideas y marginar otras. [Chomsky]
El meme descrito en el texto ilustra otra debilidad del argumento. Es cierto que representar a los capitalistas como sujetos que venden a los trabajadores aquello que ellos mismos producen y luego absorben el resto de sus ingresos mediante el alquiler constituye una simplificación caricaturesca. Pero que la caricatura sea pobre no demuestra que toda crítica a la extracción de rentas sea ilusoria. Existe una diferencia entre la inversión productiva y la obtención de ingresos mediante posiciones monopólicas, propiedad de la tierra, derechos financieros, endeudamiento o control de infraestructuras esenciales. Un sistema económico puede permitir que una parte creciente de los ingresos fluya hacia propietarios y acreedores sin que ello implique necesariamente una expansión proporcional de la capacidad productiva. [Hudson]
La vivienda muestra el problema con especial claridad. Un trabajador no necesita adoptar una teoría marxista para experimentar que una fracción creciente de su salario se destina al alquiler, a la hipoteca o al servicio de la deuda. Cuando los precios del suelo y de la vivienda aumentan en parte por la expansión del crédito, una parte cada vez mayor del ingreso de los hogares puede desplazarse hacia propietarios y entidades financieras. Este fenómeno puede analizarse mediante datos sobre precios, deuda, propiedad e ingreso familiar. Señalarlo no equivale necesariamente a promover odio contra los propietarios. Puede ser simplemente economía política. [Hudson]
El texto ofrece además una definición excesivamente estrecha del socialismo. Lo presenta como un sistema en el cual el Estado posee los medios de producción, todos trabajan para él y este se encarga de la manutención general de la población. Esa imagen identifica el socialismo en su totalidad con la economía de mando de determinados regímenes del siglo XX. Entre un capitalismo prácticamente desregulado y la propiedad estatal integral existe, sin embargo, un amplio abanico institucional: cooperativas, empresas públicas, servicios universales, propiedad municipal, cogestión, seguros sociales, fondos soberanos, sistemas tributarios progresivos y economías mixtas. [Piketty]
Tampoco existe una oposición absoluta entre mercado y Estado. Los mercados pueden generar innovación, coordinación y eficiencia, pero también monopolio, información asimétrica, externalidades y desequilibrios de poder contractual. Una empresa pública puede funcionar mal, pero un monopolio privado también puede hacerlo mientras obtiene beneficios de usuarios que carecen de alternativas. La pregunta relevante no es simplemente quién posee una empresa, sino qué mecanismos de control, competencia, rendición de cuentas e incentivos existen en cada caso. [Stiglitz]
El argumento original es más sólido cuando condena a la policía política, la censura y la eliminación de la oposición. Ninguna lectura seria de los seis autores considerados obliga a justificar el terror estalinista, la Stasi o cualquier aparato de represión que destruya el pluralismo. El problema surge cuando esas instituciones se presentan como manifestaciones exclusivas de una lógica socialista. La cuestión puede formularse de modo más general: el peligro aparece cuando un poder soberano reclama la facultad de suspender protecciones jurídicas ordinarias en nombre de una emergencia, de la seguridad, de la estabilidad o de una necesidad histórica superior. [Agamben]
Esta reformulación amplía considerablemente el campo del análisis. La excepcionalidad no necesita expresarse mediante el vocabulario de la lucha de clases. También puede justificarse mediante la seguridad nacional, el anticomunismo, la lucha contra el terrorismo, el nacionalismo, la religión, la ocupación colonial o la emergencia permanente. Una vez que se admite que determinadas circunstancias autorizan al poder a suspender derechos ordinarios, lo decisivo ya no es solamente la ideología que acompaña la suspensión, sino el hecho institucional de que el poder ha dejado de estar adecuadamente limitado. [Agamben]
La crítica puede ampliarse todavía más cuando se examina quién recibe realmente la protección de la ley. La violencia política no puede comprenderse únicamente mediante la oposición entre Estados democráticos y Estados comunistas, porque regímenes constitucionales han coexistido históricamente con colonialismo, segregación, ocupación militar, desplazamiento forzado y exposición desigual a la violencia. El poder soberano también puede manifestarse en la capacidad de determinar qué poblaciones serán protegidas y cuáles pueden ser abandonadas, precarizadas, confinadas o expuestas a la muerte. [Mbembe]
Desde esta perspectiva, el autoritarismo no se identifica únicamente preguntando si existen o no partidos de oposición. También es necesario preguntar qué grupos disfrutan efectivamente de los derechos proclamados por el sistema. Una sociedad puede celebrar elecciones, mantener tribunales y consagrar derechos constitucionales, mientras determinados sectores padecen una relación muy distinta con la policía, el encarcelamiento, la frontera, el desplazamiento o la precariedad económica. La democracia formal no elimina automáticamente todas las jerarquías de protección. [Mbembe]
El texto original acierta, sin embargo, al señalar que la posibilidad de reemplazar pacíficamente a un gobierno constituye una diferencia institucional fundamental entre democracia y dictadura. Las elecciones competitivas, la libertad de asociación, la prensa independiente y la protección contra la detención arbitraria tienen una importancia enorme. Pero esas instituciones no agotan el significado de la democracia. Una concentración extrema de riqueza puede transformarse en concentración de influencia política mediante financiamiento, presión empresarial, acceso privilegiado, control mediático o capacidad de influir sobre la legislación. La igualdad formal del voto puede coexistir así con una desigualdad sustancial en la capacidad de configurar el entorno político. [Stiglitz] [Piketty]
La misma distinción puede aplicarse al espacio comunicativo. La posibilidad jurídica de expresar una opinión no equivale a poseer una capacidad equivalente para hacerla llegar a millones de personas. Cuando el acceso masivo a la audiencia depende de instituciones fuertemente concentradas, la libertad de expresión y la igualdad de poder comunicativo dejan de ser sinónimos. Esto no convierte una sociedad pluralista en una dictadura ni hace equivalente una empresa mediática a un ministerio de censura. Sí obliga, en cambio, a distinguir entre el derecho abstracto a hablar y la capacidad efectiva de intervenir en la producción del sentido público. [Chomsky]
El análisis se debilita especialmente cuando el texto abandona las estructuras y se concentra en caracterizaciones psicológicas de los adversarios. Hablar de un “complejo de superhéroe”, de fervor de cruzados o de una supuesta investidura divina puede resultar eficaz como retórica polémica, pero aporta poco a la explicación política. Las posiciones ideológicas se comprenden mejor si se estudian las coaliciones sociales que las sostienen, las experiencias históricas que las alimentan, las divisiones educativas y económicas que las atraviesan y los relatos mediante los cuales los distintos grupos interpretan su posición. [Piketty]
El problema de la autosuficiencia moral tampoco pertenece exclusivamente a un campo político. Socialismo, liberalismo, nacionalismo, anticomunismo, movimientos religiosos y proyectos revolucionarios han producido, en momentos históricos diferentes, narrativas según las cuales sus partidarios representaban a la civilización frente a enemigos considerados esencialmente peligrosos. Un criterio de análisis consistente debería juzgar acciones comparables mediante estándares comparables, sin cambiar de criterio según quién las cometa. [Chomsky]
La tesis geopolítica de un planeta dividido entre democracias y autocracias también requiere matices. La distinción es significativa. Un régimen que permite competencia electoral real, oposición, prensa crítica y alternancia pacífica difiere sustancialmente de otro que elimina esas posibilidades. Sin embargo, no se sigue de ello que todas las acciones emprendidas por una democracia posean automáticamente carácter democrático, ni que las relaciones internacionales puedan reducirse a una confrontación moral entre libertad y tiranía. También intervienen intereses estratégicos, asimetrías económicas, dependencia financiera, herencias coloniales, competencia por recursos y estructuras internacionales de propiedad. [Chomsky] [Mbembe] [Agamben] [Stiglitz] [Hudson] [Piketty]
La alternativa al argumento original no consiste, por tanto, en defender el marxismo-leninismo. Consiste en rechazar la idea de que el socialismo autoritario y el capitalismo democrático agoten todas las posibilidades políticas. Se puede condenar el estalinismo sin concluir que toda crítica al capitalismo es una antesala del totalitarismo. Se puede defender la propiedad privada sin afirmar que toda renta derivada de la propiedad corresponde necesariamente a una contribución productiva equivalente. Se pueden valorar los mercados sin negar la existencia de monopolios, privilegios y rentas. Se puede defender la democracia sin reducirla al acto electoral. Se puede temer al Estado sin ignorar las concentraciones privadas de poder.
Los seis autores considerados discrepan profundamente entre sí, pero sus trabajos permiten formular un principio metodológico común: el poder debe ser examinado allí donde se concentra. En Chomsky, ello incluye al Estado, las corporaciones, los medios y las estructuras imperiales.
En Agamben, incluye la facultad soberana de suspender protecciones jurídicas ordinarias.
En Mbembe, incluye la capacidad de exponer diferencialmente a ciertos grupos a la violencia, el abandono y la muerte.
En Stiglitz, incluye el monopolio, la captura institucional y las reglas económicas que transforman ventajas iniciales en ventajas acumulativas.
En Hudson, incluye a acreedores, monopolistas, propietarios de activos y estructuras financieras capaces de extraer rentas del resto de la economía.
En Piketty, incluye los regímenes de propiedad y los sistemas ideológicos mediante los cuales la desigualdad se reproduce y justifica.
Lo que finalmente resulta insuficiente en el texto original no es su condena de las dictaduras, sino su teoría de la dominación. Localiza la coerción principalmente en la ideología y, de manera desproporcionada, en una sola tradición ideológica. El enfoque conjunto de estos seis autores desplaza el problema hacia las instituciones. La libertad política depende de impedir que las concentraciones de poder se vuelvan irresponsables e incontestables, con independencia de que ese poder resida en un partido revolucionario, una burocracia de seguridad, una oligarquía financiera, una corporación monopólica, una administración colonial, una clase rentista o un gobierno constitucional.
La oposición más fértil, por tanto, no es simplemente capitalismo contra socialismo, ni izquierda contra derecha. Es poder controlable contra poder incontestable, pluralismo contra dominación e instituciones abiertas a la disputa contra estructuras que convierten las condiciones sociales en hechos prácticamente inmodificables. Este criterio permite condenar al Estado policial sin idealizar el mercado, criticar la desigualdad económica sin justificar la represión política y defender las libertades democráticas sin suponer que la existencia de elecciones resuelve por sí sola todos los problemas del poder.
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Bibliografía
Agamben, Giorgio. Estado de excepción. Traducción de Flavia Costa e Ivana Costa. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2005.
Agamben, Giorgio. Homo sacer I. El poder soberano y la nuda vida. Valencia: Pre-Textos, 1998.
Chomsky, Noam. Hegemonía o supervivencia. La estrategia imperialista de Estados Unidos. Barcelona: Ediciones B, 2005.
Chomsky, Noam. ¿Quién domina el mundo? Traducción de Javier Guerrero Gimeno. Barcelona: Ediciones B, 2016.
Chomsky, Noam, y Edward S. Herman. Los guardianes de la libertad. Propaganda, desinformación y consenso en los medios de comunicación de masas. Barcelona: Crítica.
Hudson, Michael. Matar al huésped. Cómo la deuda y los parásitos financieros destruyen la economía global. Traducción de Álvaro G. Ormaechea. Madrid: Capitán Swing, 2018.
Mbembe, Achille. Necropolítica, seguido de Sobre el gobierno privado indirecto. Traducción y edición de Elisabeth Falomir Archambault. Santa Cruz de Tenerife: Melusina, 2011.
Piketty, Thomas. El capital en el siglo XXI. Traducción de Eliane Cazenave-Tapie Isoard. México: Fondo de Cultura Económica, 2014.
Piketty, Thomas. La crisis del capital en el siglo XXI. Crónicas de los años en que el capitalismo se volvió loco. México: Siglo XXI Editores, 2015.
Stiglitz, Joseph E. El precio de la desigualdad. El 1 % de la población tiene lo que el 99 % necesita. Madrid: Taurus, 2012.
Stiglitz, Joseph E. La gran brecha. Qué hacer con las sociedades desiguales. Madrid: Taurus, 2015.
Stiglitz, Joseph E. El malestar en la globalización. Madrid: Taurus, 2002.
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